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José T. Raga

Dicen que es alemán

Así que todos contentos, porque todos salimos ganando. Bueno, hay un pequeño detalle que no se ha considerado: hay un perdedor neto que lleva ya mucho tiempo acumulando pérdidas; se trata del pueblo español.

José T. Raga
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Seguramente porque dando razón de este origen, nadie se le ocurrirá poner en duda la bondad y solvencia del modelo. Algunos, porque a lo largo de su vida han tenido ocasión de comprobar el rigor y la forma de hacer de un modo que vino en identificarse como la mayor de las exigencias. Otros, los más, por simple papanatismo, ya que les costaría señalar en un mapa mudo dónde se encuentra el territorio de la República Federal de Alemania. De todos modos, para los unos y para los otros, no se asombren si les digo que también allí han cambiado mucho las cosas, que los Mercedes no son los mismos Mercedes, ni los BMW recuerdan con justicia a sus antecesores, ni el comportamiento de la nación y de sus gentes tiene mucho que ver con aquellos que algunos conocimos cuando discurría la segunda mitad de los años cincuenta.

Bien es verdad que si aquello se ha deteriorado en parte, la distancia respecto a nosotros ha aumentado de forma notable, pues, aquí las cosas han ido mucho peor. Sea como fuera, tengo que reconocer que al oír a la señora vicepresidenta segunda del Gobierno me trasladé a un territorio de nostalgia que me hizo vivir, como si fuera ayer, aquellas alusiones a lo alemán, como referencia indiscutible de la más alta calidad.

La verdad es que la idea no fue de la vicepresidenta segunda, de hecho ella, pocos días antes, había rechazado de plano la posibilidad de considerar lo que ya en las tertulias de café se le conoce como el modelo alemán para el desempleo a tiempo parcial. La idea, por extraño que parezca, procede de los sindicatos, cuando no es propio de estas organizaciones la aportación de ideas sino la destrucción de las mismas, sustituyéndolas por las exigencias reivindicativas impuestas a machamartillo.

Pero vayamos a lo nuestro y no alarguemos el preámbulo. Como principio general conviene tener en cuenta que cualquier modelo que afecte a las personas, o que comporte actitudes necesarias de éstas, resulta difícil, cuando no imposible, de importar de un país a otro, con la pretensión conseguir los mismos efectos. Y, los modelos económicos, en cuanto que sociales, implican comportamientos de las personas, que se mueven desde unos postulados y con unos objetivos que difieren en grado sumo de una nación a otra. Si además, el importador, en este caso los sindicatos (UGT y CCOO) y la señora vicepresidenta, en cuanto que Gobierno, lo que pretenden es importar una edición reducida del modelo, dejando lo que no interesa y aplicándolo sobre un escenario que nada tiene que ver con el alemán, el fracaso está asegurado.

España y Alemania apenas si tienen alguna similitud además de que sus gentes, cuando avanzan, lo hacen en la dirección que indica la punta de su pie. Además de eso, me resulta muy complicado decir que nos parecemos en algo salvo en aquello de que somos seres animados –algunos en exceso–, y que en ocasiones parecemos ser racionales, aunque aquí con grandes diferencias, pero por lo demás, podríamos pertenecer a galaxias bien distantes. Ya me gustaría a mí poder importar, aunque fuera por tiempo limitado, un Gobierno alemán a cambio del Gobierno español. Pienso que la cosa mejoraría sensiblemente, pero, seamos realistas, pues no creo que el pueblo alemán estuviera dispuesto a semejante trueque, así que dejémoslo como una simple especulación.

La cosa es que en ese idilio entre sindicatos y Gobierno se ha producido un encuentro interplanetario de las neurosis de ambos para vender al sufrido pueblo español que el modelo alemán de reducción de jornada, con reducción proporcional de salario y con derecho a la percepción proporcional de la prestación del desempleo, es la solución, un a modo de piedra filosofal para resolver el problema del crecimiento desmesurado del desempleo, sin decir que la medida en sí ya difiere de la alemana, y que ésta es sólo un mínimo apéndice de un conjunto de medidas para reactivar la economía alemana. El Estado para ello –un nuevo motivo publicitario y de distracción–, echará mano de la vacía caja de caudales para pagar las prestaciones, si bien eso no es obstáculo porque, como en las familias pródigas, nos hemos acostumbrado, o mejor, el Gobierno se ha acostumbrado a gastar lo que no tiene, a aumentar el déficit  y a endeudarse sin límite, pues, cuando haya que pagar esa deuda, seguramente, Dios así lo quiera, ya no estará en la función de gobernar.

Por otra parte, los empresarios, acólitos farsantes de los intereses gubernamentales, ven que con eso se alivian algunas decisiones que una gestión responsable de la empresa les llevaría a tener que tomar. No les importa que esto sea un parche, del que también resultan perjudicados, pues nada se ha dicho de la reducción de las cotizaciones sociales por el tiempo no trabajado, pero ¡todo sea por el diálogo social!

Los sindicatos ven un filón en el ejercicio del poder sindical, ya que en las grandes empresas y en las no tan grandes los acuerdos se someterán a la aprobación del comité de empresa, con lo que el parasitismo se reviste de actividad, aunque sea para entorpecer.

Finalmente, el Gobierno, no verá aumentar las cifras de parados, que lo son, con independencia de cómo les llamemos, porque parado es el que pudiendo y queriendo trabajar no encuentra un puesto de trabajo, ya que el señor Corbacho nos tiene dicho que no se incluyen como tales los objeto de un ERE temporal, los que asistan a cursos de formación, etc.

Así que todos contentos, porque todos salimos ganando. Bueno, hay un pequeño detalle que no se ha considerado: hay un perdedor neto que lleva ya mucho tiempo acumulando pérdidas; se trata del pueblo español. Ese pueblo que se sacrifica pagando impuestos para una administración torpe y dilapidadora que, además, está dispuesta a engañar hasta donde sea preciso para ocultar una verdad incontrovertible: que el país se hunde y que al Gobierno lo único que se le ocurre es proporcionar tiritas para los rasguños producidos por la hecatombe.

¡Y aún dicen que es un modelo alemán!

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