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El coste del poder

El poder no es ni puede ser un fin en sí mismo, sino el medio para conseguir un fin, que no es otro que el bien común de la sociedad.

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Con este título soy consciente de arriesgarme a que algunos o muchos lectores que me obsequian con su consideración consideren que vivo fuera del mundo real, pues para no pocos los términos coste y poder son, de suyo, antagónicos. El poder se vislumbra por muchos como acumulación de ventajas y privilegios sin contrapartida alguna; es decir, una cuenta de ingresos sin costes.

Naturalmente que no estoy pensando en costes monetarios, como tampoco en ingresos de este tipo, aunque, para mal de muchos, estos se hacen presentes en ocasiones varias y en ámbitos políticos bien diferentes. Por ello, me parece más significativo centrar la consideración en la dimensión no estrictamente económica, por su raigambre personal y social.

Precisemos, antes se seguir adelante, que el poder no es ni puede ser un fin en sí mismo, sino el medio para conseguir un fin, que no es otro que el bien común de la sociedad; el bien de todos y de cada uno de los miembros de una comunidad humana. ¿Por qué, entonces, tanta apetencia por ostentar el poder? Simplemente por una confusión, bastante generalizada, entre medios y fines.

Cuando el poder se considera un fin en sí mismo, se acrecienta en el sujeto el ansia de poder, al tiempo que disminuye, hasta su total eliminación, el afán de servicio, que exige la consagración a la consecución del bien de toda la sociedad. Tan así que el tocado por esa ansiedad estará dispuesto a falsedades, humillaciones y vilezas para conseguir sus propósitos.

El poder como servicio al bien común es tarea grandiosa, cuyo resultado engrandece y ennoblece a quien lo ejerció, derivando, para tiempos venideros, el reconocimiento unánime de la sociedad. Nunca habrá un ingreso monetario que pueda compararse en entidad con ese reconocimiento social.

Por el contrario, cuando el poder se consigue y ostenta como fin en sí mismo, los abusos aparecen como los aliados más próximos. La contradicción en los objetivos, el engaño a la comunidad y la sumisión humillante a objetivos perversos, como coste de la privatización del poder, se convertirán en acompañantes cotidianos.

Así las cosas, el que se considera poderoso, el que se enaltece y regocija en el poder que ostenta, desvelará inconscientemente la realidad humillante de su esclavitud, sometido a fines en los que no cree y a personas en las que no confía.

Ese es, para mí, el verdadero coste del poder, cuando se persigue y se ostenta como fin. Un poder que humilla al que se dice poderoso admitiendo objetivos que considera deleznables para conseguir o mantenerse en su espejismo llamado Poder.

¡Cuántas veces hemos asistido al espectáculo de aspirantes al poder que una y otra vez han traspasado las llamadas líneas rojas que ellos mismos trazaron! ¿Cuándo quien aspira al poder se atreverá a decir: "Basta, por ahí no paso"?

El poder, como fin en sí mismo, está conformando ya su propia corrupción.

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