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José T. Raga

El tiempo tiene valor

Y la reforma de la negociación colectiva, ¿para cuándo? ¿Para cuándo el fin de los privilegios, que se traducen en costes empresariales, de la estructura sindical en las empresas?

José T. Raga
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Hay razones varias para la afirmación que hoy hago en el título de estas líneas. Quizá la de mayor peso es que el valor del tiempo, como el valor de la mayoría de los bienes, viene determinado por la relación entre la necesidad del bien y la escasez de ese mismo bien. En este sentido, el tiempo es el ejemplo más elocuente de un recurso escaso; por mucho que hagamos no conseguiremos que el día no se vea constreñido a veinticuatro horas, que la hora no lo haga a sesenta minutos y el minuto a sesenta segundos.

Pero, por si no es suficiente con lo que acabo de decir, el tiempo es un recurso que se sitúa entre aquellos que llamamos no renovables. Ya sé que de éste no hablan los ecologistas, pero tampoco los ecologistas son referencia para nada; al menos no son referencia para mí. La realidad, a todas luces evidente, es que la hora o el minuto que se pierde o que se desperdicia, nunca más volverá, por lo que no tendremos ocasión de reparar el despilfarro anterior.

Y todo esto a qué viene. Tengo una sensación que me veo obligado a compartir con ustedes. La sensación que me inquieta es que la nación, y en este caso voy a limitar la referencia a la clase política, lleva varios años ya –algo más de seis– perdiendo el tiempo de forma miserable y, lo que es peor, creando con ese comportamiento el desasosiego en la clase productiva, lo cual tiene mucha más importancia, pues, al fin y a la postre, hay momentos en que uno piensa que sería mejor que los políticos hicieran aún menos de lo que hacen.

Si uno echa la mirada atrás tratando de hacer un balance rápido del último lustro, eso que tanto gusta hacer al presidente del Gobierno y al líder del primer partido de la oposición, apreciará fácilmente que nos hemos pasado estos seis años haciendo para deshacer. Un torrente de normas que creaban derechos donde no los había, que después tienen que derogarse porque se carece de recursos para hacer efectivos los derechos concedidos. En la mente de todos está la más reciente, la marcha atrás del subsidio de desempleo no contributivo a los autónomos que cesaran en su actividad. Pero también se prometió la emancipación –a cualquier cosa le llaman emancipación–, y vergonzoso fue la política –en este caso el término política equivale a engaño– acerca de la dependencia. En fin, ¡qué les voy a decir que ustedes no sepan!

Pérdida de tiempo y despilfarro de esfuerzos de toda la Nación se produce cuando se promulgan leyes –cualquiera que sea su rango– que sin disposición para el compromiso, nacen como elementos híbridos, sin perfiles definidos, por tanto estériles en su efectividad que, anunciadas a bombo y platillo, generan frustración, a la vez que desconcierto en los agentes económicos y sociales, lastrando su iniciativa, tan esencial para el correcto funcionamiento de la actividad en el seno de la polis. Las más de las veces, se trata de oportunidades que se pierden y que dejan marca para que no vuelva a intentarse de nuevo, bajo la excusa de que ya se hizo. Tengo en mente, en este caso, la cacareada reforma laboral: todo un fiasco.

Por activa y por pasiva, voces académicas y voces empresariales (también los parados, a los que se trata de acallar para que no dejen oír su voz) en nuestro país y fuera de él se han pronunciado, en un acuerdo generalizado de que, mientras el mercado de trabajo en España tenga tantas restricciones, seremos el país con mayor tasa de desempleo en la Unión Europea. Mayor tasa significa en términos cuantitativos el doble de la tasa media.

Aparentemente se ponen manos a la obra para reformar y eliminar esas rigideces que hacen el mercado impermeable a las situaciones económicas, lo que es apostar por el suicidio. Y llegado el momento, con él llegó también la desesperación. Aquello que se llamaba reforma, no era nada. Como el presidente del Gobierno no estaba dispuesto a que le acusaran de liberal –una acusación que siempre sería gratuita pues qué más quisiera él que poder serlo– la solución se traduce en la indefinición de la norma, dejando a los jueces la más amplia posibilidad para su interpretación. Y, pregunto yo, ¿para esto había que perder tanto tiempo?

Las escaramuzas sindicales, que para eso sí que sirven, hablan una y otra vez del despido barato como el estigma de la reforma; aquel que se producirá por causas objetivas. Un despido que ya estaba en la normativa vigente pero que, interpretado por los magistrados de lo Social, nunca o casi nunca tiene lugar. Como nunca tiene lugar el despido procedente, por mucho que haya ocurrido entre el puesto de trabajo y el trabajador que lo ocupa. Y la reforma de la negociación colectiva, ¿para cuándo? ¿Para cuándo el fin de los privilegios, que se traducen en costes empresariales, de la estructura sindical en las empresas?

¿Qué medicina aplicar al absentismo? Por cierto, las enfermedades de los controladores, quizá el presidente no lo sepa, son una epidemia a lo largo y ancho de la economía productiva de nuestra Nación. En esta materia, a mí también me gustaría sacar pecho como lo hizo el ministro Blanco en el conflicto con los controladores. Me gustaría que se inspeccionaran las bajas, tan numerosas en casi todos los sectores productivos. Aunque, por cierto señor ministro ¿qué va a hacer usted ahora, cuando dos de cada tres bajas de controladores no han superado la inspección médica? El engaño y el boicot productivo, ¿tendrá un castigo acorde con el daño producido? Y los médicos que firmaron las bajas, ¿serán castigados por falsedad en el diagnóstico?

Tiene usted la responsabilidad Sr. Blanco de dar a conocer cómo acaba la película. Si no pasa nada, o si no se sabe que pasa algo, ha hecho usted el ridículo personal más espantoso, además de haber prestado un pernicioso servicio a la sociedad: es gratis perjudicar y laudable engañar. Todos estamos pendientes de su decisión, porque así lo exige la ejemplaridad requerida. Es muy fácil sacar pecho en un momento y arrugarse a continuación, pero el pueblo sensato y honesto, no creo que se lo perdone. El tiempo pasa y no vuelve; aprovéchelo señor ministro.

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