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José T. Raga

¿Fe ciega o rendido conformismo?

Creo que es justo afirmar que España, contra lo que muchos creen, es un país fascinante.

José T. Raga
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Creo que es justo afirmar que España, contra lo que muchos creen, es un país fascinante. La previsión de los movimientos sociales es poco menos que imposible; la siempre apelada opinión pública, o en otro orden de cosas la llamada demanda social, no puede ser más errática, sin que esto venga en desdoro del pueblo español. Simplemente, se es así.

Apenas han pasado dos semanas desde las últimas elecciones generales y sigo deshojando la margarita, buscando explicaciones a la voluntad de los españoles manifestada en tales comicios. Y no tanto por lo que yo pueda pensar, que carece de rigor, sino por las explicaciones de los especialistas.

Pocas veces me han convencido las razones que se esgrimen para afianzar los datos resultantes de las urnas. La opinión que, ordinariamente, más me ha tranquilizado es la expresada por no pocos tras depositar el voto; a la pregunta del entrevistador de a quién ha votado usted, la respuesta es: a quien siempre votaron mi padre y mi abuelo. Que es muy primaria, de acuerdo, pero desde luego es muy clara.

Pero cuando traigo ese principio, tan del corazón familiar, a las últimas elecciones no me lleva al resultado que dio el recuento de votos. ¿Qué ha ocurrido para que ese principio tan claro no se haya producido en este caso? Bueno, quizá en otros tampoco, pero en este es tan llamativo…

Leyendo días después algún análisis de prensa, por quien sabe más que yo, además de interpretar mejor que yo lo sucedido, me encuentro con una solución, que me cuesta mucho aceptar. A decir de este experto, cuyo nombre guardo por merecido respeto, los españoles votamos con los pies, que es tanto como decir sin cabeza.

¿Será posible que así sea? Si estuviera seguro de que así es, y así ha sido, acabaría por sumirme en una depresión que me mantendría así más tiempo del tolerable. Me he adentrado en la hemeroteca para encontrar rasgos, actitudes o proclamaciones que me permitan un mínimo optimismo, que me conforten ante una vida tan lastimosa en ideales y débil en coraje.

Pero la cosa ha sido peor de lo que pensaba. En el último momento de campaña, el candidato a presidente del Gobierno anunciaba que quería aumentar la recaudación tributaria, pero sin indicar cómo. Y no por olvido, sino que de forma expresa dejaba este pequeño detalle para después de la votación. Es decir, para cuando ya nada tiene remedio. ¿Se trata de un engaño premeditado? ¿Se trata de un desprecio a la inteligencia de los españoles, o simplemente a sus pies, como ha dicho alguno?

Que pese a semejante manifestación el resultado haya sido el que conocemos tiene una explicación poco halagüeña para los votantes. Por eso prefiero refugiarme en una interpretación mía: que lo ocurrido es resultado de una claudicación al conformismo.

Esto, no tranquiliza, pero sí permite pensar que habrá un día en que la acción venza al conformismo.

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