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Ideología versus economía

Cuando uno quiere ahorrar reduciendo la Administración Pública, tiene que hacer lo que pretenden hacer los británicos: despedir a quinientos mil empleados públicos. Pero ya sé que al presidente no se lo permite su ideología.

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Apenas transcurridas cuarenta y ocho horas de la decisión del presidente del Gobierno de destituir, nombrar y reorganizar –esto último es un decir– el Gobierno, parece obligado siquiera dedicar estas líneas a lanzar algunas consideraciones que me salen al paso y, tratando de no repetir lo que otros habrán dicho, sí en cambio matizar algunos conceptos que no he visto con nitidez en las aportaciones ya realizadas.

En primer lugar, porque es lo que menos enjundia tiene, habrán visto ustedes que he huido deliberadamente del término tan común como socorrido en estos temas, como es el de crisis de Gobierno. Yo prefiero hablar de cambio, de ceses, de nombramientos, etc. porque la crisis es para el pueblo español, que somos los que sufrimos todas estas veleidades del presidente, y nuestro sufrimiento lo es en lo inmaterial –estado de ánimo, inseguridad ante el futuro, peligro para las libertades privadas y públicas, etc.– como también en lo material, pues son nuestro esfuerzo y nuestra renta, los que van a tapar todos los despropósitos que urden esa pléyade política que forma la corte del señor presidente.

Frente a nuestra crisis, el presidente salda la cuestión sacando pecho y afirmando, con la arrogancia y el fingido aplomo que le caracteriza, que éste es el Gobierno que España necesita y que viene en serio, de lo que se deduce que los que hemos tenido hasta ahora no eran los necesarios y, además, venían de broma, una broma que, de ser más ocurrente habría podido derivar en chirigota.

Por su parte, los ministros sólo con que tuvieran dos dedos de frente deberían estar felices; los que entran, porque nunca pensaron que con sus capacidades llegaran a semejante situación, y los que salen, porque se ahorran los sinsabores y además no quedan en el arroyo. Así que, de crisis, nada.

Lo que sí que se constata como crisis, y como crisis duradera, es la que viene haciéndose presente desde hace ya unos años, y a la que el presidente contempla con indiferencia, lanzando interpretaciones en unas ocasiones –para alejar la realidad de nuestros ojos– y profetizando su fin y el inicio de la recuperación a sabiendas de que engaña a propios y a extraños, pero que el asunto es ir tirando y, mientras tanto, mantener los embustes hasta las próximas elecciones, para cuyo momento a buen seguro que tendrá preparada alguna primicia, legal o ilegal, pues su hombre fuerte en el presente Gabinete –el vicepresidente Pérez Rubalcaba– tiene un vasto conocimiento, además de gran experiencia.

Pero déjenme que venga a lo que me interesa sobremanera y que supongo es también del interés de la mayor parte de los españoles. Desde luego, estoy seguro de que es de interés prioritario para aquellos españoles sobre los que más ha incidido la crisis; aquellos que perdieron el empleo, quizá todos los miembros de la familia y que, además, han perdido la casa, por no poder hacer frente a las obligaciones del crédito hipotecario y se encuentran en la calle escuchando, casi a diario, que la recuperación ya se ha iniciado.

Pues bien, ante ese panorama el señor presidente ha optado por la ideología –quizá además por una ideología sin ideas o con ideas ya abandonadas por los que dedicaron tiempo a ver y a pensar– frente a tomar en serio el problema económico y poner los remedios, aunque fueran impopulares, para salir del atolladero. Y el problema es que la economía lleva en sí misma una maldición: es extraordinariamente realista, no admite cuentos ni zarandajas, el tiempo y el euro perdidos, se han perdido para siempre, quedando la sociedad en situación de desamparo y de desesperación.

Recordaba yo, que ya tengo muchos años, precisamente a la vista del nuevo Gobierno, que de lo que Franco se dio cuenta a finales de los años cincuenta, de que la ideología por la ideología conduce a la miseria, y con gran habilidad la dejó a un lado, para hablar en serio y con gente competente de lo que interesaba a España, Zapatero aún no lo ha comprendido a finales de dos mil diez. Por eso encarga a una señora que procede de la militancia de Izquierda Unida, aunque reciclada en el PSOE, para que se ocupe del medio ambiente, sin entender que izquierda y medio ambiente son incompatibles; obsérvese, si no, el medio de que se disfruta en la antigua Unión Soviética, o compárese el medio de que se disponía en la República Federal de Alemania frente al que existía en la República Democrática vecina –la Alemania comunista.

O encarga a un señor que encabezaba la manifestación contra la reforma laboral propuesta por el Gobierno para que ponga en marcha tal reforma o engaña a los españoles diciéndoles que ha suprimido dos ministerios –Igualdad y Vivienda– pero mantiene toda la estructura ministerial de ambos ministerios, incluidas sus ministras, como Secretarías de Estado; algo así como si lo que costase dinero a los españoles fuera el título que se le otorgue y no el personal y los medios de que disponen. Cuando uno quiere ahorrar reduciendo la Administración Pública, tiene que hacer lo que pretenden hacer los británicos: despedir a quinientos mil empleados públicos. Pero ya sé que al presidente no se lo permite su ideología.

Y permitan que termine con una evidencia histórica: nunca la izquierda ha sacado a ningún país de una crisis económica, ni tampoco ha sido capaz de estimular una recuperación tras una situación de guerra o catástrofe profunda. La historia es la contraria: han hundido con el despilfarro países que eran potentes y que están en la mente de todos.

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