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José T. Raga

Intervención pública y beneficios extraordinarios

La intervención pública impedirá la entrada de nuevos competidores en el mercado, y los actuales mantendrán sus beneficios extraordinarios.

La intervención pública impedirá la entrada de nuevos competidores en el mercado, y los actuales mantendrán sus beneficios extraordinarios.
La vicepresidenta primera y ministra de Asuntos Económicos, Nadia Calviño y la ministra de Hacienda y Función Pública, María Jesús Montero. | EFE

No quisiera ser catastrofista, pero me cuesta mucho considerar normal la relación público/privada, basada en la repetición una y otra vez de vocablos sin sentido, de medidas indeterminadas con resultados contrarios a los que se postularon, desfigurando los primeros para convencer al sufrido pueblo de que coinciden con los que se anunciaron… Ese tipo de mensajes/pláticas son permanentes, sin respetar horas ni fines de semana, despreciando el límite humano de la paciencia.

Todos los llamados al pesebre del sistema –los apesebrados–, como una sola voz (salvo pequeñísimas excepciones), repiten una y mil veces los lemas que proceden de arriba –ese es el sumo hacedor: arriba– de forma que la sociedad, hasta el más pequeño de los pequeños, ha llegado al hastío de tanta mentira, tanta promesa, y tanta humillación.

Por eso, aun intentando liberarse de caer en sus garras demagógicas, reaccionan como lo hacen los desesperados; es decir, ya estoy harto, que hagan lo que quieran pero que me dejen tranquilo.

Pues no, porque lo que no puede ser, es imposible. La verdad se diferencia hasta el infinito de la mentira, porque la verdad es una y la mentira no tiene límites cuantitativos. En cambio, aquí se trata de considerar verdadero lo que intrínsecamente es falso, sobre todo si quien alimenta es el de arriba.

Ha comenzado la pelea para quitar los beneficios extraordinarios de determinadas empresas y repartirlos entre los más vulnerables; implícitamente, supone dejar a los vulnerables al albur de los beneficios. ¡Menudo compromiso!

Precisemos el concepto anterior, que está precisado desde que la Teoría Económica tiene este carácter. Beneficios extraordinarios llamamos a la diferencia existente entre el precio del mercado y el coste medio total del bien, mercancía o servicio.

Y ¿cuál es origen de tales beneficios? Pueden ser varios: la iniciativa y acierto empresarial, la genialidad del empresario, la productividad elevada del proceso productivo, la innovación en su origen…

Y la pregunta inmediata es evidente: ¿y eso puede darse simultáneamente en todo un sector o actividad productiva, por ejemplo, las energéticas, las del transporte, las farmacéuticas…? Pues no, porque los beneficios extraordinarios –dado que son extraordinarios– alertan al resto del empresariado y al capital productivo –que accederán a estas actividades en busca del beneficio—. Ello aumentará la producción/oferta y provocará una disminución del precio, desapareciendo el beneficio extraordinario. Por ello, el beneficio extraordinario es, salvo que haya barreras de entrada al mercado, estructuralmente transitorio, con tendencia al equilibrio, incompatible con aquellos beneficios.

Entonces, pensarán, no hay que preocuparse, porque la situación actual desaparecerá por la concurrencia empresarial. Pues tampoco, porque la intervención pública –la de los vulnerables– impedirá la entrada de nuevos competidores en el mercado –cartelización u oligopolio colusivo–, con lo cual, los actuales mantendrán sus beneficios extraordinarios que la Administración quiere absorber con impuestos para engrosar sus propios recursos. ¡Negocio redondo!

¡Reguladores, abrid los mercados y que sobreviva el mejor; será beneficioso para los consumidores y para la economía nacional!

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