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José T. Raga

Moody's y los presupuestos

A sacrificarse todos pagando mayores intereses para colocar la deuda, a no ser que quieran comprarla entre UGT y CCOO, que son los que no quieren que pasemos por esa esclavitud que imponen los mercados financieros

José T. Raga
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La verdad es que no sé qué es peor: si la situación de caos económico, político y social en la que vivimos o las explicaciones que los responsables de todo ello tratan de dar para intentar que el pueblo vea lo que no ve y se convenza de que es real lo que no existe.

Todos sabemos que no tenemos Gobierno y eso no es lo malo, pues es fácil comprender que sin Gobierno se puede vivir y hacerlo estupendamente. El problema cierto es que tenemos instalado un desgobierno que no duda en negar lo que ayer afirmó, que deroga lo que no ha llegado a estar vigente, que recorta al mismo tiempo que amplia lo recortado, que informa torticeramente para, desde el engaño, inducir a pensar aquello que puede ser de su interés y no aquello que coincide con la verdad y, sinceramente, con ese desgobierno la vida es extremadamente difícil.

Por ello tienen sentido aquellas propuestas de pagar a los gobernantes para que se queden en casa viviendo un prolongado letargo, pero, al menos, dejando vivir a los demás; a los que trabajan en tareas productivas, a los que crean riqueza, a los que administran con prudencia y sabiduría tanto los recursos propios como los ajenos.

Los muchachos y muchachas que conforman la pléyade de cortesanos del emperador del PSOE, y él mismo, hoy presidente del Gobierno de España, son inasequibles al desaliento. La insensatez de hoy puede asegurarse que quedará superada por la de mañana, si bien, aquí también como en otros casos, aunque el hábito no hace al monje, es verdad que le ayuda. Así, frente a la actitud impertérrita del PSOE-soberano y su capacidad para negar lo más evidente sin llegar si quiera a parpadear, la prole de su corte, muy lejos de aquella frialdad y aplomo para el mal y para el engaño de quien les dirige, todavía pierden la calma, exacerban sus nervios, atropellan las palabras y desencajan sus rostros, cuando se les sorprende en el camino que nunca hubieran deseado.

Sus explicaciones, si no fuera por lo dramáticas, serían de una comicidad descacharrante. Que la vicepresidenta de Economía, señora Salgado, llegara a decir hace sólo unos días que en la secretaría de Estado de Hacienda se estaba discutiendo con Moody’s la calificación que ésta debería otorgar a la solvencia de la deuda pública española nos lleva a asumir que la torpeza se ha convertido en norma de conducta. Tal afirmación, en nada favorece a la Secretaría de Estado, en nada favorece al Gobierno de la Nación y en mucho embrutece la imagen de Moody’s como agencia reconocida de rating.

Estoy convencido de que, en nuestro país, hasta los niños de pecho, que ya a su temprana edad tienen amplia experiencia en maniobras, manejos y tapujos, entienden el término "discusión" de la señora vicepresidenta como equivalente a "negociación" para que una de las partes ceda, mediante precio o sin él, a las pretensiones de la parte contraria, porque por lo demás en esto, nada hay que discutir. En todo caso, habría que "explicar" si es que Moody’s tiene dudas o no ve con claridad algunos de los aspectos comprometidos de nuestra economía.

También esto me resultaría sorprendente, porque no creo estar errado si afirmo que Moody’s sabe más de la economía española que la señora Salgado y toda la corte que le asiste. Así que, de haber explicaciones, serían en dirección contraria, de Moody’s a la Secretaría de Estado. Y, ahí, sí. Ahí sí que había materia para explicar, sobre todo, tanto más cuanto menores fueran las entendederas de los receptores de la explicación.

La explicación, que no se estaba dispuesto a escuchar, era el porqué de la decisión de la agencia de rebajar la calificación de la solvencia de nuestra deuda, de triple A, a doble A, cuando esta agencia había sido la que con mayor benevolencia nos había tratado desde siempre. Yo, que soy español y no agencia, y no tengo nada que discutir, lo habría explicado con extraordinaria rapidez, porque, señora vicepresidenta, ustedes, con sus actitudes y proclamas, son capaces de acabar con la más entregada benevolencia.

A Moody’s le bastaba para su decisión con dar un vistazo a los Presupuestos que se presentaron ayer jueves, último día de septiembre, a las Cortes Españolas. Unos presupuestos con destino a ninguna parte. Unos presupuestos que, ya desde el principio, se sabe que no pasan de ser un papel mojado, porque, como toda la línea de lo que injustamente se sigue llamando "Gobierno", está tan lejos de la realidad que jamás podrá conectarse a ella. La única realidad es la sangría a la que se somete a muchos españoles en beneficio discriminatorio de otros que el presidente considera de mejor clase. Mientras, cuando los analistas de mayor relieve nacional e internacional prevén que en el escenario más favorable de los posibles el crecimiento de nuestra economía en el año 2011 no superará el 0,4%, en el presupuesto para ese año se establece como previsión presupuestaria un crecimiento del PIB del 1,3%.

Teniendo en cuenta que esta hipótesis es de la que se parte para calcular los ingresos impositivos, así como los de creación de empleo, ya pueden ustedes imaginar qué tipo de explicaciones podía necesitar Moody’s para concluir en que los mercados financieros no deben de confiar en la deuda española. Y pregunto yo: ¿necesitaba explicaciones la Secretaría de Estado de Hacienda? Por respeto a ellos, tengo que pensar que tampoco. Sería tanto como negar la capacidad técnica de quienes la tienen atestiguada: sus cuerpos permanentes. ¿Quizá pretendían, por mandato, tratar de convencer a la agencia para que dijera lo que no estaba dispuesta a decir? Esto estaría dentro de lo posible; al fin y al cabo, la capacidad para las ilusiones vanas se distribuye según el nivel de necedad.

Así que ya lo saben: a sacrificarse todos pagando mayores intereses para colocar la deuda, a no ser que quieran comprarla entre UGT y CCOO, que son los que no quieren que pasemos por esa esclavitud que imponen los mercados financieros; eso sí, que lo hagan con cargo a su propio bolsillo.

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