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José T. Raga

Nada, que no se entera

Usted, adalid de la izquierda, no puede tolerar que se flexibilice el mercado de trabajo; sí puede aceptar que haya cinco millones de parados, pero no que éstos disminuyan si para ello hay que flexibilizar.

José T. Raga
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Si fuera toro de lidia, eso que está prohibido en Cataluña, tiempo ha que le habrían mandado al corral, pues los avisos superaron con mucho los tres y, aunque siguen produciéndose, no vaya a creerse el presidente del Gobierno que no tienen límite. No es fácil suponer que a estas alturas el señor Zapatero aún no se haya enterado de la gravedad de la situación económica de nuestro país, aunque él prefiera desplazar la atención al efecto arrastre de la situación de Irlanda y de Portugal.

Tanto la Comisión Europea como el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional han advertido al Gobierno español, es decir al señor ZP –los demás, incluso el señor Rubalcaba, sólo pintan en la medida en que él esté dispuesto a darles ceras para pintar–, por activa y por pasiva, en no pocas ocasiones con apremios para su cumplimiento y siempre con desasosiego ante la reiteración, acerca de la urgencia de las medidas de reforma que precisa la economía española.

Hay que reconocer que, al comienzo, tales advertencias desencadenaron corridas por los pasillos de los equipos técnicos y de los equipos políticos para tratar de dar satisfacción a las peticiones de Bruselas. Tan así que las prisas llevaron a enviar informes que se corregían apenas pasadas unas horas para enmendar incluso argumentaciones sustantivas.

Pero como bien tiene confirmado la teología moral, a todo se acostumbra uno. El pecador, y aquí se trataría de un pecado económico, político y social, se siente perturbado la primera vez que peca, incluso las primeras veces, sin embargo, el pecador empedernido deja de sentir zozobra alguna ante su conducta, acabando por considerarla normal y justificada para el bien de la comunidad. Así, es de apreciar en estos momentos una actitud del presidente ajena por completo a cualquier conflicto con la Unión Europea y ausente a las reclamaciones que le llueven casi a diario. Cuando se refiere a los problemas de la economía española, se limita a situarlos en esa perversa institución que se identifica con los mercados.

Pues no, señor presidente. El responsable de su inacción es usted y sólo usted. Sus veleidades, quitando importancia a lo que la tiene –los graves problemas de la economía española– y mostrando al mundo entero su falta de decisión para afrontarlos, están creando dificultades adicionales al desenvolvimiento económico de nuestra nación. Esas recientes declaraciones de algunos empresarios, afirmando que la marca España, o lo que es lo mismo, la referencia española en el mundo hoy, es un verdadero lastre para la iniciativa en el desarrollo de las actividades económicas son una muestra de lo que se consigue con su talante y con su capacidad de elusión de las responsabilidades exigibles a un gobernante.

Tres eran los bloques de medidas que le exigía Bruselas para su inmediata puesta en marcha, y que cada una de ellas era parte de un objetivo último: la reducción del déficit público. Los tres bloques eran: la reforma del mercado laboral para dotarlo de mayor flexibilidad, a fin de ser un instrumento eficaz para la creación de empleo; la reforma del sistema de pensiones, pues su viabilidad financiera está más que cuestionada, tanto por la relación entre cotizantes y beneficiarios, como por la forma de establecer la base reguladora para el cálculo de la pensión, sin olvidar la relación actual entre años de actividad y años de supervivencia como pensionista; y, finalmente, el tercer bloque estaba constituido por la reforma del sector público –reducción del gasto público de forma acusada– y reforma también del sistema financiero, tanto en cajas de ahorro como en bancos.

Cuando Bruselas le conminaba a estas reformas, que calificaba de urgentes, no era para que usted dictara algunas normas que no pensaba cumplir ni hacer cumplir, sino para que pusiera en marcha medidas efectivas en todas estas materias, repito, en todas ellas, para que conjuntamente tuvieran el efecto que de las mismas se podía esperar.

¿Qué ha hecho usted señor presidente? Nada. Publicó el Real Decreto-ley 10/2010, de 16 de junio para la reforma del mercado de trabajo que, en lo que a flexibilidad se refiere, no ha tenido efecto alguno porque, usted, adalid de la izquierda, no puede tolerar que se flexibilice el mercado de trabajo; sí puede aceptar que haya cinco millones de parados, pero no que éstos disminuyan si para ello hay que flexibilizar. Las pensiones le producen un pánico pavoroso, con lo que ya se va deslizando que empezará a hablar de ello a mediados del año que viene, a ver si, con un poco de suerte –a cualquier cosa le llaman suerte–, se desplaza para la próxima legislatura, en la que quizá no esté ya al frente del Gobierno

La estructura del sector público, por su parte, sigue creciendo con más empleados públicos, con ese afán de reducir a cualquier coste las estadísticas de desempleados –tanto las reales como las oficiales, que no se las cree nadie–. Finalmente, el sistema financiero lo tiene usted hecho trizas, dedicado a comprar deuda pública que usted emite para financiar su mala administración, a la vez que ha despreciado una oportunidad histórica para reformar la legislación de las cajas de ahorros, de lo que espero que la historia le pida cuentas.

Por el momento, quien le sigue pidiendo cuentas y lanzando nuevos avisos es la Comisión Europea y las instituciones financieras europeas e internacionales. ¿Les quiere engañar como a los españoles? Aunque así fuera, a los que no engañará serán a esos malditos mercados que parece que le tienen declarada la guerra. ¡Ah! Por cierto, que a los españoles no nos engaña; lo que ocurre es que no tenemos otra alternativa que sufrir y aguantar.

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