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Que no todo se repita

Señor presidente: cuide de que termine ahí la piedra en que ha tropezado.

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Se dice del hombre que es el único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra. Quizá sea una exageración, pero algo de cierto debe de haber en el aforismo, pues son muchos los ejemplos palmarios. Eso sí, después vendrá la lamentación.

En el recuerdo de todos está la frase de destacados intelectuales españoles tras la euforia de la Segunda República: no era esto, no era esto. ¿Están exentos los gobernantes de este peligro? Al contrario; suelen hacer oídos sordos a los sabios consejos, asumiendo riesgos evitables. Siempre los demás están equivocados.

Vivimos un tiempo a todas luces convulso, en la vida política y social de nuestra nación. Nunca el discurso político ha sido tan falsario impunemente, ni jamás se ha tenido un coro tan estruendoso y dócil convirtiendo la mentira en verdad, manipulando el lenguaje para que los españoles lleguen a no entenderse.

Desde el Gobierno, se nos acusa de ser reacios al perdón, de ser insensibles a la clemencia, todo porque pretendemos que las sentencias, es decir la ley interpretada por los jueces, se cumplan; y, además, que el delito debe de tener un coste social: la pena.

Si yo fuera del PSOE, decir eso me convertiría en un progresista reaccionario, resentido y vengativo, frente al progresista modélico que necesita la Nación –los términos empleados son del propio presidente–.

Esto lo dice quien, apenas hace un mes, anunció la expulsión del partido de Nicolás Redondo Terreros y Joaquín Leguina sólo por discrepar de su opinión. ¿Supone el presidente que los españoles refrendamos su política?

Y, retomando el título de estas líneas, el presidente del Gobierno promete responder con el perdón a la pena impuesta a los condenados por el primero de octubre 2017, tropezando así con la misma piedra que el Gobierno de la República (21 de febrero de 1936). Desde aquí pido que acabe ahí el tropiezo; que no se repita toda la amarga historia.

Porque parece haberse olvidado que lo de la República Independiente de Cataluña es una vieja historia, repetida ahora por cuarta vez. La primera –Pau Clarís, 1641– nos condujo a una guerra con Francia que se saldó con la pérdida de los territorios del Rosellón y parte de la Cerdaña, siendo rey Felipe IV (de la Casa de los Austrias). La segunda –Francesc Macià, 1931–, que se disuelve tres días después de proclamarse. Y la tercera –la de Lluís Companys–, proclamada el seis de octubre de 1934, siendo, Companys y su Gobierno detenidos al día siguiente, juzgados por el Tribunal de Garantías Constitucionales y condenados a treinta años de reclusión mayor, siendo presidente de la República Alejandro Lerroux.

Espero, como he dicho, que el tropiezo actual finalice en aquella amnistía que el Gobierno del Frente Popular –qué casual semejanza– dictaría y aplicaría, liberando de penas a los condenados (21 de febrero de 1936).

Señor presidente: cuide de que termine ahí la piedra en que ha tropezado.

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