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José T. Raga

¿Quién sostiene al sostenido?

¿Cómo quedamos, señor presidente? ¿Cumplimos con Kioto o complacemos a las cuencas carboníferas? La respuesta la veo francamente complicada.

José T. Raga
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La ventaja de ser sector público, o si prefieren una denominación con menos eufemismos, la ventaja de ser Gobierno, es la capacidad de hacer cosas que están vedadas a los individuos, es decir al sector privado. La realidad se presenta nítida ante cualquiera que quiera observarla: después de más de dos años de continuo manoseo de la economía, impasibles ante el hundimiento sin remedio de la misma, el PIB desmoronándose hasta alcanzar tasas negativas en su evolución –ya tres trimestres consecutivos que nos llevarán a fin de año a una reducción del 4%–, el crecimiento prolongado del desempleo, con muchedumbres que no encuentran horizonte en su vida laboral –estamos hablando de no menos de cuatro millones y medio de parados, con independencia de lo que pueda decir el ministro del ramo, Sr. Corbacho–, el incremento sin control del déficit público y su consiguiente traducción a los niveles de deuda pública –lo que indica una caótica administración que nadie admitiría en su propia casa o en su negocio– y tantas cosas más que agotarían el espacio para estas líneas, el Gobierno, rendido ante la evidencia de que no se le ocurren más juegos de manos para mantener entretenida a la ciudadanía, ha optado por la peregrina idea de que la economía puede arreglarse a golpe de Ley. Increíble pero cierto, como lo fue en el modelo soviético o en el franquismo de la posguerra.

Ni corto ni perezoso –bueno, esto es un decir, porque la realidad de lo que pienso es que se dan las dos circunstancias: es corto y es perezoso– y en un abrir y cerrar de ojos, se ha sacado un proyecto de Ley, al que le llama de "Economía Sostenible", del que está tan seguro y lo tiene tan estudiado que, según palabras del presidente, está dispuesto a ofrecer un pacto para modificar su contenido; yo la verdad es que tampoco me lo creo –lo del pacto–, porque parece que disfruta cuando se empecina en el error, que es casi siempre. Aunque, sin necesidad de pacto, ya se ha retractado de la transitoria sobre Propiedad Intelectual, sin importarle dejar en ridículo a su ministra Sinde, que anunciaba lo que decía el proyecto de ley.

Lo que yo necesitaría es que alguien me aclarase qué es lo que pretende sostener. Supongo que es la economía de la Nación, pero hasta donde yo alcanzo, "sostener" equivale a permanecer igual, es decir, a mantenerse en aquella situación de la que se parte, y se me ocurre que para eso no se precisa ley alguna, pues ahí estamos sin necesidad de artilugios jurídicos ni sesiones parlamentarias que, por lo demás, no pueden ser más aburridas.

Tendría más sentido que lo que se tratara de sostener fuera al propio Gobierno, cuestionado en su acción, vituperado en sus formulaciones, y con una acumulación de descrédito que ha conducido a que cualquier propuesta o cualquier valoración de hechos o de políticas, produce rechazo inmediato y, si es en fin de semana, en el que no hay que acrecentar el malhumor, es motivo de implacable chirigota.

Aunque la verdad es que me cuesta aceptar que "sostenimiento" tenga este significado, porque, la izquierda nos tiene dicho por activa y por pasiva, que lo único que le importa es el pueblo, que es por el pueblo por lo que se sacrifican en la acción de gobierno, y que los intereses personales y de partido quedan tan lejos de sus prioridades que sería más fácil admitir que ni siquiera existen. Yo nunca he visto que esto sea así, pero quizá mi edad me ha conducido por otras experiencias, lo que no impide que ustedes crean a pie juntillas el contenido del discurso; allá ustedes.

En economía, cuando hablamos de sostenibilidad –que lo hacemos pocas veces, salvo cuando nos embarga esa ideología ecologista que trapichea con la información y amenaza a quienes pretenden poner de manifiesto sus falacias y falsificaciones–, nos referimos a que el desenvolvimiento económico se produzca sin alterar el inventario de recursos disponibles en cada momento. Recursos de todo tipo; también el recurso por excelencia que es el factor humano. Y ahí, la política del señor Rodríguez Zapatero hace agua por todos los lados.

El señor presidente se presenta como el paladín del medio ambiente. De hecho, si le dejaran, él sólo reduciría las emisiones de CO2 de tal forma que garantizaría el fin de los gases de efecto invernadero, regeneraría la capa de ozono –aunque ahora parece que no está muy claro cuál es su efecto– y la humanidad dejaría de temer al Apocalipsis del cambio climático. La cosa se complica cuando vemos que, al mismo tiempo que rechaza visceralmente, es decir por ideología, la energía nuclear, que es limpia, barata y no dependiente de países que han mostrado una preferencia por provocar las inquietudes del mundo, no regatea en dedicar cuantiosos recursos a subvencionar la producción de carbón nacional, que es sucio, caro y con una capacidad emisora de gases contaminantes, que lo sitúan en el primer lugar frente a todos los combustibles alternativos.

¿Cómo quedamos, señor presidente? ¿Cumplimos con Kioto o complacemos a las cuencas carboníferas? La respuesta la veo francamente complicada. Por eso, cuando no se sabe qué responder, la solución es lanzar una barbaridad mayor para, a falta de otra herramienta, tener distraída a la afición. Y así, nos ha obsequiado con el principio económico según el cual hay que reconocer que hoy cuesta más producir un kilovatio con energía renovable que con petróleo, pero que, según él, es una inversión rentable que hará que la economía sea más competitiva.

Creo que merecería la pena dedicar toda la legislatura a que el señor presidente explicara a propios y extraños el principio formulado. Yo, sin duda por mi ignorancia, siempre pensé que la competitividad tenía algo que ver con los costes de producción, por lo que la afirmación de que pese a tener un mayor coste la economía será más competitiva, me supone un esfuerzo de comprensión que no puedo resolver en dos ni en doscientas tardes que dedicara a explicármelo, aunque no me importa el esfuerzo si al final acabo entendiéndolo.

Quizá ustedes estén más preparados o tengan más suerte que yo. En ese caso ¡enhorabuena!

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