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José T. Raga

¿Será por dinero...?

Yo, si fuera usted que no lo soy y estuviera dispuesto a concederles dinero que tampoco lo estoy, habría invertido el orden de concesión. Es decir, no conceder dinero para que se hagan transparentes, sino concederlo a los que sean transparentes.

José T. Raga
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El maná con que Yahveh obsequia a los hijos de Israel en su travesía del desierto, según narra el libro del Éxodo, es cosa de aficionados si lo comparamos con la lluvia de millones que el dios Rodríguez Zapatero derrama, y pretende seguir derramando, sobre las problemáticas cajas de ahorros, sin que, por el momento, se estén cosechando otros frutos que no sea el fracaso más rotundo. Y es que, a decir del saber popular, lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible.

Lo que sí es cierto es que su capacidad para desarrollar argucias que vengan a justificar sus dádivas, en forma de créditos, es ilimitada. En unas ocasiones, se trata de una inyección de liquidez –término éste, que las más de las veces equivale al de quiebra–; en otras, se trata de la atención especial que merecen aquellas instituciones que se fusionan para formar unidades financieras de mayor tamaño; en no pocos casos, este concepto de fusión se extiende a los que no se fusionan, pero que, por lo visto, se llevan bastante bien –el caso de las fusiones frías–; hace poco más de una semana estaba dispuesto usted a entregar dinero a estas instituciones de crédito, para que se capitalizaran, como si la conversión de créditos en capital fuera algo tan sencillo e inmediato. Al fin y al cabo, qué más da; de lo que se trata es de aparentar que el dinero público se inyecta con racionalidad y persiguiendo resultados muy convenientes para el sistema financiero; si así no fuera –esto lo digo yo–, muy convenientes, al menos, para las finanzas privadas de algunos personajes listillos y aprovechados.

Pues bien, la última que parece que se está preparando, y que bien podría superar los veinte o veinticinco mil millones de euros –la verdad es que por menos no merece tomarse la molestia de entrar en el problema– tiene una pretensión abusivamente rocambolesca. Nada menos que a través de esa lluvia de millones se pretende incentivar a las cajas para que adopten estructuras más transparentes. Y, francamente, esa pretensión, señor presidente del Gobierno, hace hablar a las piedras.

Yo, le tengo que decir, que estoy harto, y sobrepasado en mi paciencia y en mi templanza de oír eso de la transparencia. No se habla de otra cosa. La acordaron, como condición esencial para salir de la crisis financiera, en la reunión del G-20, el 15 de noviembre de 2008 en Washington, y volvieron a incidir sobre ella, apenas transcurridos tres meses, en la reunión que el G-7 celebró en Roma. Es el tema recurrente cuando se entra a considerar el problema de la crisis, y no quiero con ello restarle importancia, sino ponerla de relieve.

Y, usted, señor presidente del Gobierno, qué ha hecho. Ha optado desde el principio por la opacidad. Que nadie sepa nada, pues a buen seguro que la información puede salpicar a sus gentes y, quizá también, a ustedes mismos. Dinero a raudales sí, pero ni para quién ni para qué. Por eso nadie se extraña hoy del fracaso que va acumulando usted en su gestión y, lo que es peor, nadie en España es ya capaz de creer en nada ni en nadie.

El español se está perfilando como un sujeto objeto de engaño, aunque no se deje engañar, y objeto de desinformación deliberada, llevada a término, o por contradicción de informaciones oficiales, cuidadosamente arbitradas, o, simplemente, por ocultación de la realidad de los hechos bajo el signo de la opacidad; buena muestra de ello es el enfado reiterado de las altas instancias del Gobierno ante la filtración de informaciones verdaderas que se pretendía mantener en el secretismo más radical.

Por eso, hablar ahora de transparencia resulta, cuando menos, grotesco. Y, a mí, le voy a ser sincero, lo grotesco no me quita un minuto de sueño, pero los miles de millones entregados sin saber para qué ni para quién, eso me produce inquietud, desasosiego y hasta obsesión.

Además, para la transparencia de las instituciones, hasta donde mi mente alcanza, no se necesita dinero. La transparencia está relacionada con la disponibilidad pública de información; porque si sólo lo sabe usted, tampoco es transparencia. Esa información existe ya en las entidades financieras, incluso puede que exista también en el supervisor de tales instituciones, por lo que sólo se necesita voluntad de informar, es decir, de dar a conocer la información, para que se dé la transparencia.

En qué medida un dinero público, previamente inyectado, vaya a fomentar la transparencia es una cuestión a la que aplico mi escepticismo más desbordante. Yo, si fuera usted que no lo soy y estuviera dispuesto a concederles dinero que tampoco lo estoy, habría invertido el orden de concesión. Es decir, no conceder dinero para que se hagan transparentes, sino concederlo a los que sean transparentes. Esta sería la forma de que supiera usted para qué se va a utilizar el dinero, cuánto dinero, y que, además, tuviera capacidad para controlarlo.

De todos modos, me atrevo a someter a su reflexión una alternativa bien diferente. Es evidente que las cajas que tienen dificultades extremas –yo preferiría decir que están quebradas, pero no quiero alterar el ánimo a nadie– están en esa situación porque sus administradores han sido incapaces de desarrollar una buena administración, con las exigencias de un buen comerciante en el mundo financiero. Siendo esto así, ¿se queda usted tranquilo entregando miles de millones a administradores incapaces de una buena administración? En otras palabras, ¿les entregaría usted dinero de su propio bolsillo para que lo administraran? Si la respuesta es negativa, ¿por qué sí que está dispuesto a entregarles dinero público? ¿Piensa usted, como alguna de sus ministras, que el dinero público no es de nadie?

¿Y si la dificultad extrema de una caja no se debe a una torpe administración, sino a una conducta delictiva de los administradores, seguirá dándole dinero para su transparencia? El dinero es escaso y el sacrificio de los españoles muy grande; téngalo en cuenta, señor presidente, a la hora de ser simpático y dadivoso.

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