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Después de las elecciones

Touriño era presidente de Galicia, pero Quintana era vice-presidente de Galiza. En particular su rendición ante el sectarismo lingüístico nacionalista debió molestar a muchos posibles electores socialistas.

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Los partidos desalojados de la Junta, PSOE y Bloque, no han dicho hasta el momento ni oste ni moste. Habrá, pues, que acudir a los periodistas y medios afines, que no sólo comparten la decepción de los políticos derrotados, sino que manifiestan un profundo desconcierto. Es una consecuencia del sectarismo, que no sólo daña la armonía civil, sino que promueve en sus adeptos una perversión deformada de la realidad. Como estos periodistas forman parte de la "nueva clase" progre-nacionalista, amamantada por las subvenciones de sus patronos políticos, el sectarismo de todos ellos alimenta recíprocamente su conciencia de casta privilegiada, impulsándolos a creer que todo el pueblo gallego comparte su ideología y sus intereses.

En los círculos próximos al PSOE se acusa al presidente saliente, Pérez Touriño, de ser el principal responsable de la derrota. La lista de cargos es variada. Se denuncia su personalismo, su actuación al margen del aparato del partido, incluso contra él, como en la imposición de una consejera de su Gobierno, que se apoyase en un reducido círculo de asesores ajenos al aparato. Todo esto es verdad, pero no veo cómo estas luchas internas han podido influir la decisión de voto de la inmensa mayoría de los electores.

Probablemente habrá tenido más incidencia la soberbia con que se ha conducido Touriño, desde el mismo momento de su toma de posesión. Fraga nos había acostumbrado a llenar de gaiteros la plaza del Obradoiro para deleite propio y del pueblo llano. El nuevo presidente quiso ser más "fino". Pese a lo inadecuado del escenario, sustituyó a los gaiteros por una orquesta sinfónica para goce de un auditorio limitado, of course, a miembros de la casta progre. Mal comienzo, pero peor final. Orador detestable, centró la campaña electoral en su persona. Y se negó a responder a las acusaciones de ostentación y despilfarro (el Audi, la reforma y los muebles de su despacho, etc.). Pero, sobre todo, el desencanto con Pérez Touriño probablemente haya derivado de una gestión menos que mediocre y de su claudicación permanente ante la hemi-Junta nacionalista. Hasta tal punto que, en el colmo del disparate, Touriño era presidente de Galicia, pero Quintana era vice-presidente de Galiza. En particular su rendición ante el sectarismo lingüístico nacionalista debió molestar a muchos posibles electores socialistas.

No obstante, el relevo de Touriño representa un grave problema para el PSOE gallego un partido tradicionalmente muy fraccionado. De momento nombraron una comisión gestora. Parece que el candidato con más posibilidades es el llamado "Pachi" Vázquez, consejero de Medio Ambiente en la Junta saliente. Poco conocido fuera de la provincia de Orense, su bajo perfil podría facilitar el regreso, pasados algunos años, a Galicia de José Blanco, furioso contra Pérez Touriño por haberse negado a adelantar las elecciones.

En cualquier caso, si los socialistas pueden desplazar la responsabilidad hacia sus socios del BNG, éstos no pueden devolverles la moneda. Pocas veces un partido con tan poco peso parlamentario influyó tanto en las políticas del Gobierno. Pero también aquí hay elementos que responsabilizan a Quintana, aunque los modos son más "políticos". A diferencia del socialista, el líder no ha sido desahuciado, pero habrá de enfrentarse a una reunión del "consejo nacional". La estructura interna del Bloque es muy complicada. En el lado "oficial" está el propio Quintana con su círculo de amigos (el "clan de Allariz") y numerosos arribistas acercados al calor del poder. También la UPG, movimiento teóricamente radical, pero muy posibilista, dominado con disciplina estalinista por Francisco Rodríguez (ex diputado en el Congreso). Entre los discrepantes hay varios pequeños grupos, uno de ellos encabezado por Xosé Manuel Beiras, figura "histórica" del galleguismo. Esta oposición interna tiene una común nostalgia del asamblearismo, y una común propensión a llevar la contraria a la dirección: si ésta es moderada, ellos son radicales; si es radical, ellos son moderados. ¿Qué pasará? A partir del día 14 lo iremos sabiendo.

José Vilas Nogueira es profesor emérito de la Universidad de Santiago de Compostela

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