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Juan Carlos Girauta

Fútbol es fútbol... y algo más

Manifestar la condición de español, y no digamos celebrarla, te hace clandestino en unos cuantos puntos de la periferia. Pero la clandestinidad se desborda cuando los que salen del armario no son treinta, cuarenta o cincuenta, sino muchos millares.

Juan Carlos Girauta
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Ninguna autoridad catalana cometió el error de lanzar a la policía contra los aficionados que celebraban el domingo por la noche la victoria de España. Ese error queda para San Sebastián, donde la Ertzainza hizo uso de la fuerza contra unas docenas de pacíficos ciudadanos cogidos en el flagrante delito de agitar unas banderas españolas.

Manifestar la condición de español, y no digamos celebrarla, te hace clandestino en unos cuantos puntos de la periferia. Pero la clandestinidad se desborda cuando los que salen del armario no son treinta, cuarenta o cincuenta, sino muchos millares. Las bocinas de madrugada, las rojigualdas desbordando las ventanillas, los vivas a España, la euforia, el entusiasmo era tan masivo en Barcelona que pocas veces como el domingo, tras el triunfo de España en Viena, se le han visto más a las claras las vergüenzas a los ingenieros sociales de la antiespaña ni los hilachos de su siniestro remiendo a los urdidores de Matrix.

En realidad, todo esto era de esperar si atendemos a algunos datos conocidos e ignoramos prejuicios inducidos. Tomen los más de seiscientos mil votos catalanes del PP en las últimas generales (sólo cien mil menos que CiU), súmenles un buen pedazo (como mínimo dos tercios) del millón y medio largo de votantes del PSC, que son cinturón industrial, añádase la pequeña pero significativa aportación de los votantes de Ciudadanos y UPyD, únase la parte convergente –que existe, aunque sea difícil de cuantificar– a la que no le da reparo sumarse a la fiesta de la selección española, incorpórese el voto de IC que no viene del progrerío pijo nacionalista sino del votante natural del PCE en Cataluña, complétese todo ello con el segmento abstencionista que, por muy silente que permanezca, considera a España su nación, y, por fin, mejórese todo ello con la adición de inmigrantes deseosos de experimentar su pertenencia a una nueva patria cuando la ve de fiesta y de incontables niños y adolescentes que no pueden votar pero que están fascinados con el juego de España, y se pirran por vestir su camiseta.

No me hace especialmente feliz que tenga que ser el fútbol el detonante de esta explosión de españolidad en Cataluña. Preferiría un apego emocional, menos aparatoso, más relajado, a la historia compartida, qué se yo, a la literatura, a la obvia riqueza de los dos idiomas. Pero lo sucedido no es poca cosa, y estas dos tazas de caldo balompédico las tiene más que merecidas un nacionalismo que en vez de escoger la literatura catalana, que es inmensa, o sus grandes artistas, que son legión, ha optado siempre por el Barça a la hora de fer país. ¡Pero hombre, si esos hinchas que llenaban las gradas del Camp Nou guardaban una bandera española en un cajón a la espera del momento oportuno!

Tertuliano de Es la Tarde de Dieter.

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