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La Generalitat contra el catalán

Ni una legión de comisarios mindundis, ni una tropa de acomplejados como Montilla acabarán jamás con el castellano. El castellano no está en peligro. Lo que sí pueden hacer estos pájaros es conculcar los derechos de los catalanes castellanoparlantes.

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Es el momento de aplicarle una lupa a la Generalitat y ver qué hace con la sentencia del Supremo que da la razón a Francisco Caja y, de paso, a los cuatro opinadores que hemos defendido la evidencia, quitándosela a los cuatro mil del pesebre. Esperemos que les suene de algo aquello del sometimiento de las administraciones públicas a las sentencias judiciales. Ahora ya no es el TSJC, cuyas resoluciones se ha venido pasando el Gobierno tripartito por la entrepierna. Ahora es el Supremo. ¿Entiende el concepto de "supremo" el señor Montilla, o necesita un informe externo para ilustrarse? Aplicada la lupa, lo primero que advertimos es un ser pequeño, muy pequeño. Engreído y crecido, eso sí, por su cargo, que es algo así como el de comisario de comisarios: ¡secretario de Política Lingüística! Es decir, los que van a acabar con el catalán.

Sí, he dicho con el catalán, no con el castellano. Ni una legión de comisarios mindundis, ni una tropa de acomplejados como Montilla, ni una "intelectualidad" diez veces más podrida que la catalana acabará jamás con el castellano. El castellano no está en peligro. Lo que sí pueden hacer estos pájaros es conculcar los derechos de los catalanes castellanoparlantes. Con dos matices: lo hacen con el apoyo de un gran partido español y la mitad del otro; lo hacen con el aplauso de la mayoría de catalanes castellanoparlantes, gente entusiasmada por su aculturación, deseosa de que sus hijos les hablen en otra lengua, alegres amigos de sus sepultureros, que diría Kundera.

Y ahora vuelvo al tema. Si se ponen así, así de ilegales, así de reacios a acatar las sentencias, así de sancionadores y así de coactivos, el catalán se verá en serio peligro. De todos los ataques que ha sufrido esa lengua que también es mía, uno puede ser letal: el que llevan a cabo los nacionalistas tomándola como el hecho diferencial que justifica, en última instancia, la quiebra de la soberanía española. Al usarla como puro instrumento político, al renunciar a la seducción y optar por una imposición ilegal y contraria a las sentencias de los tribunales, cristaliza el mayor error del nacionalismo catalán: la identificación precisa, exacta y milimétrica de un idioma con una ideología. Si una lengua sólo puede enunciar un tipo de ideas, si enunciando otras ideas suena falsa, como ya empieza a suceder, esa lengua está desahuciada. Ahí radica la mayor contradicción del nacionalismo lingüístico, condenado a reducir, a torturar, a cegar a la niña de sus ojos.

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