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Juan Carlos Girauta

Las repentinas urgencias de la izquierda

¿Implacable? Lo que no se puede aplacar es el hambre de poder, el rencor que acumulan los peores y el instinto fratricida de esa bomba histórica que llamamos izquierda española.

Juan Carlos Girauta
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La ETA quería reventar el debate del año con un atentado. Lo cuenta Rubalcaba, que comparece diligente y solícito dando muchas explicaciones, con despliegue de cloratita y detonadores, furgonetas y aparatos logísticos. Actitud que se quiere tranquilizadora y que viene a unirse a la súbita firmeza de Rodríguez, ayer, en el debate que pudieron reventar.

El debate que pudieron reventar los que constituyen una parte del "conflicto", si atendemos al ideario (prejuiciario, más bien) en que se ha fundado la política del firme Rodríguez y el diligente Rubalcaba. El conflicto había que zanjarlo mediante un "proceso" en el que necesariamente los demócratas acabaríamos aceptando las razones del enemigo, o que el enemigo tiene sus razones, o como quiera que lo vendiera Patxi López, que ya no me acuerdo ni me interesa. El meollo era que la ETA, en algunos aspectos, tenía razón.

El paso siguiente no lo daban en público: el conflicto, el proceso y las razones de la ETA contextualizaban y explicaban –es decir, justificaban– el asesinato de un millar de personas, epicentro de muerte que extiende sus círculos concéntricos: incontables heridos y mutilados, un mar de viudas, huérfanos y amigos desolados, un planeta de exiliados y escoltados y preteridos en su propia tierra, un universo sujeto por la gravitación de la amenaza. Todo con sus razones, todo con razón, ¿eh, Patxi?

Donde más se ve la catástrofe zapaterina es en el abismo moral que le separa de las víctimas. Toda su firmeza retórica y toda la diligencia tardía de su ministro de la oscuridad no alterarán un ápice el fondo de las cosas, que se llama renuncia, que se llama demagogia, que se llama traición y que debería llamarse delito.

Y ahora nada, Rubalcaba a perseguir a los que se han armado de pistolas y de razones, de cloratita y de moral, con el aquietamiento estúpido y suicida del Estado que pilotan. Y ahora nada, Rodríguez a pretender que nos creamos palabras como "implacable", que en su boca sólo significa implacable cuando se trata de perseguir a la oposición, sea igualándolos con el bando nacional de la guerra civil, sea favoreciendo y no condenando el asalto a sus sedes, sea deteniendo amas de casa y jubilados.

¿Implacable? Lo que no se puede aplacar es el hambre de poder, el rencor que acumulan los peores y el instinto fratricida de esa bomba histórica que llamamos izquierda española. Los únicos que se libran de la lacra andan ahora muy ocupados con lo que sin duda consideran más urgente: la demostración de la inexistencia de Dios y la defensa de la Educación para la Ciudadanía. Joder, qué tropa.

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