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Juan Carlos Girauta

Pero, ¿hay alguien tan corto?

Hay gente que muere en accidentes porque la izquierda abertzale, ansiosa de una solución justa al conflicto, guarda cosas indeterminadas en zulos que no son propiamente tales sino proyectos de zulo.

Juan Carlos Girauta
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Imaginemos a un ingenuo que da crédito sin dudar al Gobierno español. Alguien incapaz de sospechar que ciertas palabras se lanzan huecas para que reboten en los diarios sin posibilidad de encontrarse con su sentido. Alguien, además, con corta memoria, y tan carente de rigor lógico que jamás identifica una falacia. Alguien que toma las palabras de Rodríguez, Blanco, Rubalcaba y López al pie de la letra.

Ese pobre ser creería sinceramente que en España existe un largo conflicto basado en la peculiar identidad del pueblo vasco, conflicto que es urgente resolver. Con dos objetivos: que ese pueblo decida su futuro (cosa que no sucede con el actual marco jurídico-político, pues si sucediera no habría cuestión) y que desaparezca por fin el terrorismo etarra. La existencia de asesinatos, agresiones, vandalismo, amenazas y extorsiones es consecuencia de no haberse resuelto el conflicto de identidad. Es, en resumen, consecuencia de la falta de libertades nacionales en el País Vasco. La ETA tiene sus razones.

Pensaría el crédulo que aquellos dos objetivos han de darse juntos por necesidad, incluso cuando cada parte interesada sólo crea en la necesidad de alcanzar uno de ellos. Lo que explicaría que gentes en principio indiferentes o contrarias a la autodeterminación avalen el paquete entero. Por necesidad, se repite el lelo.

Seguiría las noticias nuestro personaje muy esperanzado con la marcha del proceso de paz, nombre que recibe la fórmula secreta para la consecución de los objetivos. Estaría obligado a reconocer razones y, por tanto, legitimidad en todos. Por ejemplo, en el tipo que le grita al magistrado de la Audiencia "¡Ven aquí, cabrón, que te voy a arrancar la piel a tiras y te voy a meter siete tiros, fascista de mierda!" Por ejemplo, en los que tratan de quemar vivos a dos policías. Por ejemplo, en los que han dejado sepultados a dos ecuatorianos en el aparcamiento de la T4.

Y de ahí, en un proceso imparable de comprensión, admitirá –con dolor, pero admitirá– las razones de quien le arrancó las piernas a Irene Villa. Con el sufrimiento de la madre, el mayor sufrimiento imaginable, ya ha dicho el presidente lo que hay que hacer: tragárselo, pues "también mataron a mi abuelo".

Hay gente que muere en accidentes porque la izquierda abertzale, ansiosa de una solución justa al conflicto, guarda cosas indeterminadas en zulos que no son propiamente tales sino proyectos de zulo. Cuando pasa, nuestro benefactor, el presidente, se enfada y suspende el diálogo: no hablará con ellos durante unos días. Luego se regresa al proceso de paz con todas las consecuencias –incluyendo las morales–, pues, ya se sabe, no hay otra vía para acabar con el conflicto. Todo esto es lo que nuestro pobre hombre tiene que creer. Pero, ¿hay alguien tan corto?

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