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Juan Carlos Tafur

¿Un fracaso liberal?

El periodista Alfredo Barnechea nos recordaba que hace unos años, cuando Silvio Berlusconi dijo en el Parlamento italiano “Italia no es Bolivia”, Mario Vargas Llosa escribió entonces un artículo diciendo: “en efecto, Bolivia no es Italia. Por el contrario, (Bolivia) tiene una economía estable y una democracia ejemplar”.
           
¿Qué pasó para que esa promisoria nación se trastocara en la tierra convulsionada e ingobernable que hace unas semanas condujo a la renuncia y huida de Gonzalo Sánchez de Lozada? Según la izquierda –que ha festejado el desenlace- lo que ha sucedido es que el liberalismo ha demostrado su inutilidad para conducir a una nación pobre hacia la riqueza.
           
Basta analizar los hechos, sin embargo, para entender que la crisis boliviana, antes que demostrar el fracaso del liberalismo en América Latina, corrobora que casi tan malo como no aplicar un programa de libre mercado es hacerlo a medias. En Bolivia, las reformas estructurales de primera generación se iniciaron hace más de quince años, pero se quedaron estancadas y no dieron paso a la segunda ola de reformas.
           
Gracias a los cambios iniciales a favor del mercado, la economía boliviana ha crecido todos estos años, pero por haberlas dejado a medias no lo ha hecho a tasas que pudiesen permitir derrotar la pobreza, la espada de Damocles que pende sobre los intentos de modernización democrática experimentados en América Latina durante las dos últimas décadas (para ello se necesita crecer a niveles de 7% u 8%, lo cual sólo es posible con la aplicación de un programa radical de libre mercado).
           
Según un reciente estudio del Banco Mundial referido al peso negativo que pueden llegar a tener las regulaciones, entre los países con mayor cantidad de trabas administrativas en el mundo se encuentran Haití, Paraguay, Honduras, Ecuador y Bolivia.
           
La última versión del Indice de Libertad Económica que publica Heritage Foundation y el Wall Street Journal califica a Bolivia como un país “mayormente libre”, pero no escatima advertencias cuando señala que “la pesada carga burocrática y la falta de un sólido Estado de Derecho han promovido la corrupción, perjudicado la inversión local y extranjera y deteriorado el crecimiento económico en general”.
           
Cuando las reformas son parciales y se limitan a las alturas de la macroeconomía, sin irradiar hacia un nuevo orden jurídico e institucional (lo que va desde derechos de propiedad y resguardo de la libre competencia hasta la instauración de un Poder Judicial eficiente y libre de corrupción, pasando por la modernización del sector público), al final reaparecen con mayor fuerza los defensores del antiguo régimen populista, que margina a las mayorías. Y lo grave es que el pueblo, en lugar de atribuirle sus aparentemente insolubles desgracias a la cortedad de las reformas se las endosa a ellas.
           
No basta con bajar aranceles, reducir impuestos o privatizar empresas públicas para calificar un programa de liberal. Eso está bien para comenzar o para librar a un país del despeñadero. Pero para asegurar un crecimiento sostenido y alto, se necesita más que el abc liberal. Es necesario completar el alfabeto.
           
El problema político es que quedarse a mitad de camino suele despertar reacciones primitivas y de mayor virulencia que las que normalmente enfrenta el liberalismo. Lo vemos con los “globalifóbicos” y su psicodrama ritual en cada conferencia de la OMC, así como en revueltas antimodernas como la boliviana.
           
En ese sentido, la protesta en Bolivia ha tenido, sin duda, componentes étnicos que ameritan una discusión mayor, pero lo cierto es que su expresión ideológica ha dado muestras de preocupante insensatez. Más que de “revolución mexicana tardía” –como algunos han pretendido-, ha tenido de rebelión de los Canudos, quienes se alzaron en armas en el Brasil de fines del siglo XIX para que, entre otras razones, no se instaurara el sistema métrico decimal.
           
En medio de la vorágine anticapitalista desatada, ni siquiera parece tener importancia la fácil constatación de que los problemas económicos del presente son nimios respecto de los que existían antes de las reformas (con recesión, hiperinflación y gigantescos déficit fiscales). La mediocre e incompleta aplicación de las ideas liberales ha procreado, pues, sus peores enemigos. La batalla ideológica debe empezar por allí ahora, por hacer precisiones que debieron hacerse antes.
 
© AIPE
 
El periodista peruano Juan Carlos Tafur dirige el diario Correo de Lima.

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