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El consumo no nos sacará de la crisis

Tanto ahorro como consumo son dos elementos esenciales en la economía, sin que exista una proporción óptima a priori, y sin que su alteración vaya a servir para acelerar la salida de la misma.

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Con motivo de la actual crisis económica, la palabra consumo parece haberse puesto de moda, especialmente entre determinados políticos y periodistas. Muchos de ellos afirman que la crisis económica actualmente existente ha provocado un retraimiento del consumo, y hasta que éste no se incremente no se podrá salir de la crisis. Básicamente vienen a decir que, puesto que el consumidor dedica una menor parte de su renta a consumir, las ventas de las empresas bajan, éstas tienen que reducir costes, despidiendo a parte de sus empleados, por lo que la crisis empeora aún más, detrayéndose aún más el consumo, con lo que nos encontraríamos ante un círculo vicioso.

El razonamiento puede parecer bastante sencillo y lógico, por lo que podría parecer que la mejor política sería aquella que fomentase el consumo a cualquier coste. No obstante, este razonamiento olvida un elemento muy importante en el desarrollo económico, y es el ahorro.

El dinero que ingresa una persona puede destinarse a consumir distintos bienes o servicios o puede ahorrarse. Es decir, estos ingresos no se pierden en el caso de que su titular no decida dedicarlo al consumo. Ahora bien, dicho ahorro por sí mismo no se puede considerar simplemente como algo perjudicial al tener un fin distinto al consumo. El hecho de que no se destine a adquirir los distintos productos vendidos por distintas empresas, no significa que no las vaya a servir de nada, sino que, por el contrario, va a ser un elemento fundamental para su formación y expansión.

Si nos paramos a analizar prácticamente cualquier empresa existente, ésta suele ser titular de distintos bienes que se van a emplear en su actividad productiva durante periodos de tiempo muy diversos. Así, se pueden utilizar, por ejemplo, bolígrafos, cuya duración puede ser de varios meses, ordenadores, cuya vida se puede estimar en años, o bienes inmuebles, que van a estar en funcionamiento durante varias décadas. Es evidente que cuanto mayor sea el tiempo en que estos bienes se vayan a emplear en la empresa, más tiempo necesitará ésta para recuperar la inversión con el beneficio obtenido en las ventas. Y ahí es donde el ahorro juega un papel fundamental, ya que permite la realización de todas estas inversiones con plazos de recuperación extensos, puesto que la empresa puede pedir prestado el dinero que necesita para acometerlas durante este plazo de tiempo que transcurre hasta la recuperación.

La existencia de cualquier empresa hoy en día sería prácticamente imposible sin que alguien hubiera dejado previamente de emplear parte de su dinero en el consumo de bienes y servicios y lo hubiese ahorrado. Este dinero se materializó en la empresa bien como capital propio (al ceder su ahorro a la empresa a cambio de acciones de la misma) o como fondos ajenos (el ahorrador prestó su dinero a la empresa, directa o indirectamente, por ejemplo, por medio de los bancos).

El nivel de inversiones que han realizado determinadas empresas es muy elevado, y su plazo de recuperación, a veces, se mide en décadas. Sin la existencia de un ahorro elevado no se hubiesen podido crear gran parte de las empresas que hoy conocemos.

Por tanto la falta de consumo no se puede traducir como algo perjudicial, sin más, ya que permite el ahorro y la inversión. La proporción de ingresos que se destina al ahorro y al consumo suele variar en cada individuo, influyendo factores como sus preferencias temporales, el entorno económico o la retribución. Se puede afirmar que es el producto de la libre elección por parte de las distintas personas, y, como tal, resulta imposible cuantificar el nivel óptimo de renta que se debería destinar al consumo.

Pese a que la proporción de renta que se destina al ahorro no permanece constante, sí que la retribución de este ahorro sirve como desincentivo frente a las burbujas que se han ido produciendo en los últimos años. Si, siguiendo la pauta de la última década, cae el ahorro y se incrementa la inversión, la retribución de dicho ahorro debería ser superior, siguiendo los principios básicos de la oferta y la demanda, por lo que se abandonarían aquellas inversiones menos rentables. Al existir mayor coste para la financiación, la formación de burbujas se desincentivaría parcialmente.

Sin embargo no ha ocurrido así, y cabe preguntarse el motivo. La razón ha sido que el interés a que se retribuyen el ahorro y los préstamos no ha venido marcado por el libre juego de la oferta y la demanda, sino por los bancos centrales. Éstos prestan dinero al resto de bancos, a un tipo de interés fijado unilateralmente por los primeros al tener el monopolio de emisión de moneda. Adicionalmente las cantidades prestadas por estos bancos centrales se incrementaban en unos porcentajes superiores a los incrementos de ahorro privado, por lo que el ahorro privado apenas influía en los importes de las cantidades prestadas a su vez por la banca comercial ni en la retribución que se exigía. Al ser los tipos de interés más bajos que los que hubiesen resultado del juego de oferta y demanda, las distintas burbujas no sólo no han encontrado elementos que la desincentiven, sino que, por el contrario, han sido estimuladas por los bancos centrales.

Por tanto, no se puede culpar a la falta de consumo ni de causar la crisis, ni de ser la causa por la que no se sale de la misma. Tanto ahorro como consumo son dos elementos esenciales en la economía, sin que exista una proporción óptima a priori, y sin que su alteración vaya a servir para acelerar la salida de la misma.

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