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Libertad y desarrollo

La mejor receta contra la pobreza de estos países no es otra que devolver la confianza de sus habitantes, para que vuelvan a recuperar la esperanza en que su trabajo y esfuerzo tendrán recompensa.

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Al estudiar las diversas estadísticas que existen sobre los diferentes países del mundo, una de las cuestiones que casi inevitablemente se plantea es el motivo por el que los ciudadanos de unos y otros viven en condiciones tan distintas. A muy pocas conciencias deja de preocupar el hecho de que, por norma general, la mayoría de los ciudadanos de determinados países tengan grandes dificultades para poder satisfacer sus necesidades más básicas de sustento, vestido y habitación, mientras que en otros este problema es marginal.

Las razones por las que una persona puede encontrarse en esta situación son muy diversas. No obstante, cuando la concentración de pobreza es muy elevada en determinados países, y no tiene muchos visos de mejorar conforme van transcurriendo los años, cabe indagar si existe algún factor común que explique esta situación.

A la hora de analizar estos países nos encontramos cierta heterogeneidad. Así, podemos encontrar países con régimen relativamente democrático o dictatorial, con alta o baja densidad de población, grandes o pequeños, etc. No obstante, sí que existen indicios que permiten concluir que gran parte de las personas de dichos países han perdido la esperanza en que su trabajo personal les pueda servir para mejorar su situación personal, y ha quedado reducido a una mera herramienta de supervivencia.

Pese a que muchos ciudadanos tienen dicha percepción de su situación en su país de residencia, ésta deja de existir cuando se cambia de nación, incluso aunque hablemos de las mismas personas. Es por ello por lo que muchos ciudadanos deciden abandonar su patria de origen con destino a otra y convertirse en emigrantes.

Esta situación no es estática, sino que varía a lo largo del tiempo. Así, entre la década de los cincuenta y los ochenta, países como Venezuela fueron receptores de emigrantes de distintos países, atraídos por la riqueza que proporcionaba la industria petrolífera. Sin embargo, hoy en día, pese a tener los mismos recursos naturales, un tercio de los ciudadanos de este país afirman que lo abandonarían de tener la oportunidad.

Esta situación no es exclusiva de este país, sino que se repite en Argentina o, con especial crudeza, en Cuba.

A la hora de analizar los motivos por los que no sólo los ciudadanos extranjeros, sino incluso gran parte de los nacionales, han perdido la esperanza de que su esfuerzo personal sea adecuadamente recompensado en el lugar que les vio nacer, sólo cabe concluir que creen percibir algún tipo de obstáculo infranqueable. Éste les impediría que cualquier esfuerzo fuese compensado. Además, ese impedimiento sería bastante más pequeño (o no existiría) en otros países dada la cantidad de emigrantes que deciden emprender una nueva vida en éstos.

Si se analiza la historia reciente de estas naciones se puede comprobar que lo único que ha cambiado en estas últimas décadas es su estructura política. En todos los casos, una serie de desacertadas decisiones políticas han ido recortando la capacidad de maniobra de los ciudadanos, y la capacidad de elección ha quedado en manos de la clase dirigente. Este control sobre las vidas y haciendas de los ciudadanos se ha ido intensificando año tras año, de tal manera que las decisiones empresariales iban teniendo más como objetivo satisfacer a la clase dirigente que a sus clientes y accionistas. Como consecuencia de ello, las empresas existentes se han vuelto cada vez más obsoletas. Además, al verse reducida la libertad de los ciudadanos, no han existido empresas nuevas que hayan podido suplir las carencias de las antiguas. Como resultado se ha producido un proceso de empobrecimiento relativo de sus ciudadanos.

Mientras tanto, otros países han ido confiando más en sus ciudadanos, y éstos han ido creando riqueza y transformando sus respectivos países en tierra de oportunidades, en la que sus habitantes tienen la esperanza de que su trabajo y esfuerzo se vea de alguna manera recompensado.

Por tanto, la mejor receta contra la pobreza de estos países no es otra que devolver la confianza de sus habitantes, para que vuelvan a recuperar la esperanza en que su trabajo y esfuerzo tendrán recompensa. Para ello, su clase dirigente deberá asumir que no es posible gobernar sin devolver la capacidad de elección a sus ciudadanos.

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