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Los bancos centrales, en lugar de reconocer el error en el que han incurrido durante todos estos años, han acometido una nueva huida hacia delante prestando el dinero a unos tipos de interés aún más bajos.

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Durante los últimos meses la palabra liquidez parece haberse puesto de moda. Continuamente políticos, miembros de los bancos centrales y medios de comunicación la mencionan como si fuese la nueva piedra filosofal que permitirá alejar la crisis económica. Los dirigentes de los bancos centrales parecen querer emular a los alquimistas de antaño en su búsqueda de la lapis philosophorum, utilizando como componentes bajadas de tipos de interés y la impresión directa de papel-moneda para comprar deuda.

No obstante, yerran en su búsqueda y en sus recetas. La solución a la crisis no la va a proporcionar los bajos tipos de interés o la mayor abundancia del papel moneda.

Durante todos estos últimos años, las entidades financieras han estado prestando el dinero que a tan bajo coste les habían proporcionado los distintos bancos centrales. Prácticamente la totalidad de los grandes bancos centrales habían bajado sus tipos de interés a importes casi desconocidos. Al tener un coste de financiación muy bajo, los bancos tomaron ingentes cantidades de dinero prestadas que a su vez suministraban a sus clientes un precio muy bajo. Innumerables proyectos de inversión que nadie se hubiese atrevido a acometer por su inexistente rentabilidad cambiaron el signo de ésta a positivo, gracias a la caída en los costes de financiación.

Sin embargo, durante todo este periodo el tipo de interés al que se cobraban los préstamos no fue real, puesto que vino marcado por una decisión unilateral de los responsables de los bancos centrales, en lugar de provenir de un punto de equilibrio entre la remuneración deseada por los ahorradores y la que estaban dispuestos a pagar los inversores. Por tanto, se acometieron inversiones cuya rentabilidad jamás se hubiese considerado de existir un tipo de interés real.

Este error en la apreciación de la rentabilidad de las inversiones no sólo afectó a empresas y particulares, sino que también fue común en las entidades financieras, al subestimar el riesgo de impago y el coste de sus servicios.

Puesto que el interés había sido irreal, el dinero empezó a perder su valor frente a otros bienes, primero frente a las acciones y posteriormente frente a los bienes inmuebles, subsistiendo el problema de no existir ahorro que respondiese frente a dichas inversiones ni en cantidad ni en el tiempo (se financiaban inversiones a largo plazo con ahorro a corto plazo).

Como era natural y al inflarse desmesuradamente los precios de los bienes de inversión, la gente empezó a preguntarse si realmente valían lo que se estaba pagando por ellos, momento en que estallaron las burbujas. Así, los ciudadanos se encontraron que poseían inmuebles que valían menos de lo que debían al banco, las empresas veían bajar su cuenta de pérdidas y ganancias y observaban cómo éstas no cubrían los costes de los préstamos en que habían incurrido, y la morosidad de los clientes de los bancos aumentaba sin que el valor de sus garantías cubriera el importe de lo debido.

Los bancos centrales, en lugar de reconocer el error en el que han incurrido durante todos estos años, han acometido una nueva huida hacia delante prestando el dinero a unos tipos de interés aún más bajos, e incluso, muchos de ellos han pasado a imprimir directamente dinero para comprar deuda pública y privada, buscando así solucionar la actual situación económica y reduciendo los problemas actuales a una mera falta de liquidez.

Esta huida hacia delante se convierte en un error por dos motivos. En primer lugar, las instituciones de crédito están aprovechando los nuevos préstamos de los bancos centrales para fortalecer su balance, ya que ellos mismos han visto subir su morosidad, ejecutan garantías que no valen su tasación original y han prestado mucho dinero a largo plazo, con una captación realizada a corto plazo. Por tanto el nuevo dinero no llega a los ciudadanos, supuestos destinatarios de las inyecciones de liquidez. De otro lado, al tener nuevos recursos, los bancos no se ven obligados a liquidar las malas inversiones, manteniéndolas en sus balances con un valor irreal, destinando recursos a ellas y aumentando cada vez más la cuantía que tienen en activos y acciones sobrevaloradas. Por tanto, la bajada de los tipos de interés se destina a mantener unas inversiones que no van a recuperar su valor original en un plazo elevadísimo de tiempo.

Por otro lado, la compra de deuda pública y privada en que se han embarcado la Reserva Federal estadounidense y el Banco de Inglaterra, entre otros, también es un error, no sólo por los riesgos inherentes a toda monetización indirecta de deuda, cuyos efectos perjudiciales son sobradamente conocidos, sino porque retrasa la necesaria adaptación de las administraciones públicas de dichos países a la nueva situación y porque destina dinero a deuda privada que nadie está dispuesta a comprar, es decir, de empresas con proyectos de rentabilidad que se han puesto en duda.

Esta crisis ha de servir para recordar a los ciudadanos, empresas, gobiernos y bancos centrales cuál es su cometido más importante. Y en el caso de los bancos centrales su cometido pasa por ser garantes del valor del dinero, lo que es incompatible con su manipulación. En el momento en que los ciudadanos vuelvan a confiar en que el valor del dinero se corresponde con su valor facial (mediante, por ejemplo, la adopción del patrón oro), en que la inflación no les expropie un porcentaje de sus ahorros todos los años, y que el coste de los préstamos se corresponda con el punto de equilibrio en que ahorradores e inversores ven satisfechas sus expectativas, se habrá dado un paso muy importante para la recuperación económica. De esta manera los ahorradores obtendrán una retribución real, con incentivos para ahorrar, y volverá la financiación para aquellos proyectos que realmente sea rentables, produciéndose la necesaria liquidación de las inversiones que no debieron acometerse, reduciéndose el riesgo y la cuantía de futuras nuevas burbujas.

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