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A grito pelado

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Fue escuchando los alaridos surgidos de la potente garganta de María Sharapova cuando caí por primera vez en la cuenta de que el deporte es mudo y, por ende, los que lo vemos habitualmente no lo oímos, transformados en sordos momentáneos. Será, quizás debido a eso mismo, que los seguidores suelen ser extraordinariamente ruidosos. El futbolista se desmarca por la banda en silencio, y en silencio, sólo con la mirada, le pide el pívot al base que inicie el "fly" que él completará. El boxeador, salvo en el sonoro caso del gran Alí, lanza y recibe los golpes en silencio, y el ciclista se escapa también sigilosamente del pelotón. Poco antes de dar inicio aquel Italia-Argentina durante el Mundial de 1990, con Maradona capitaneando el Nápoles que luego sería campeón del "scudetto", al "pelusa" se le escapó un claro "¡hijos de pu...!" dirigido contra aquellos "tiffosi" que, de forma mayoritaria, impedían con sus aullidos desde las gradas que se escuchara claramente el himno nacional de su país. Diego se dejó oir aquel día, quizás involuntariamente.

Y hasta hace sólo dos días el tenis era el deporte silencioso por excelencia; silencioso en la pista y fuera de ella, arriba y abajo, doblemente respetuoso hacia la vida del "artista" que, aunque no estaba gracias a Dios en peligro, sí necesitaba del cómplice silencio para lograr que el espectáculo fuera absolutamente redondo. Y en eso llegó Sharapova o, por mejor decir, en eso llegó Mónica Seles, la primera tenista en rugir sobre la pista. Durante la disputa de un partido del "Acura Classic", Jennifer Capriati --rival de la Seles-- tuvo que suplicarle a su compatriota que cerrara la boca de una maldita vez.

Sharapova es ya toda una veterana en esto del tenis gritón, el tenis chillado y en estéreo. Era tal el nivel de sus gemidos que, en otro partido jugado contra Natalie Dechy en Birmingham, no sólo el juez de su propio partido sino también el del encuentro aledaño (oportunamente separado del primero por unos impresionantes muros de cemento) tuvieron que sancionarla por impedir la concentración de cualquier tenista, hombre o mujer, niña o niño que trataran de jugar en diez kilómetros a la redonda. Pero no existen muros o murallas, manguardias o tabiques de carga, no hay en el mundo conocido plomadas, diques o jorfes capaces de aislarnos eficazmente de la Sharapova. Sus gritos penetrarán inevitablemente en nuestras cabezas, como lo hicieron en la de la pobre Natalie. Sus chillidos se introducirán irremisiblemente en nuestros tímpanos. Y lo peor es que la bella María tiene sólo dieciséis añitos y toda una carrera de sorprendentes alaridos por delante.

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