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1. Cuando los programas eran abiertos

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No son pocas las personas que se preguntan por qué ese sistema operativo al que llaman Linux es gratuito. A muchos, incluso, tal hecho les excita su desconfianza natural al rememorar dichos populares que hablan de duros y de cuatro pesetas. Explicar esa "anormalidad" –y, sobre todo, entenderla– exige conocer la evolución histórica de la visión del "software", de los programas de ordenador.

Inicialmente, allá por los años 50-60 del difunto siglo XX, la programación tenía para muchos una consideración análoga a las matemáticas: un programa, como un teorema, servía para avanzar en el estado del arte, para entender y sacarle provecho a la realidad. Sobre él se iban apoyando nuevos programas-teorema sin tener que empezar desde cero cada vez.

Es decir, el objetivo era no reinventar la rueda continuamente sino, apoyándose en lo que ya habían hecho otros, entrar en un proceso de mejora continua y que las propias mejoras fueran posteriormente base de otras nuevas. Al igual que a ningún matemático se le ocurría decir "este es mi teorema y no te dejo que lo utilices", a los programadores de entonces les parecía lo más normal y deseable que otros usaran sus programas y, a ser posible, los mejoraran.

Grandes empresas se prestaban y copiaban sus programas (entonces prestar un programa era más complicado que ahora: equivalía a darle a alguien cajas y cajas de fichas perforadas o, en el mejor de los casos, grandes y pesados carretes de cinta magnética) a mayor beneficio de ambos, pues el intercambio era recíproco. Esa filosofía fue la que propició la creación (y distribución, principalmente entre universidades y centros de investigación) del software que conformó (y en muchos casos sigue conformando) la Internet. Siempre, por supuesto, con el código fuente a disposición de todo aquel que quisiera modificarlo.

Con el paso del tiempo, a principios de los 80, esa visión cambió ante el empuje de otras ideas, impulsadas entre otros por Bill Gates, que preconizaban la restricción artificial del intercambio de los programas de ordenador y, por supuesto, de su código fuente.

Fue un cambio que se extendió con rapidez por todas partes, incluido el Laboratorio de Inteligencia Artificial (AI Lab) del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), cuna fundamental de la computación. Allí llevaban décadas acostumbrados a escribir y modificar su software, de forma que fuera el programa el que se acomodara a las necesidades de las personas, y no a la inversa. Tenían, por ejemplo, una impresora para la que habían escrito un complejo programa de control que permitía que muchos usuarios pudieran utilizar la misma impresora desde sus propios ordenadores, informaba individualmente a cada uno cuando su trabajo había
terminado de imprimirse, y avisaba a todos cuando el papel se atascaba para que alguien lo arreglara. De esta forma se sacaba el máximo rendimiento a la impresora.

Con el tiempo, ésta fue sustituida por otra más moderna de Xerox. Pero el software que la controlaba, escrito por el propio fabricante, no tenía ninguna de las mejoras que el paso de los años había demostrado cruciales para el Laboratorio. Así, resultaba habitual enviar un trabajo a imprimir y, horas después, pasarse a recogerlo únicamente para darse cuenta de que la impresora se había atascado o se había quedado sin papel a primera hora de la mañana, con lo que no se había impreso ni un solo trabajo. Y el programa de control, en babia, no avisaba de nada. Sorprendentemente para la gente del MIT, con la impresora venía el software pero no su código fuente, con lo que no podían arreglar los problemas. Tampoco les daban la información necesaria sobre la impresora para poder escribir su programa de control desde cero ellos mismos.

Richard Stallman, un graduado en Físicas de Harvard que trabajaba en aquel entonces en el Laboratorio, decidió que explicándole el problema a la gente de Xerox sin duda lo comprenderían y les facilitarían el código fuente así
como los pertinentes permisos para que ellos mismos lo modificaran a su gusto.

No fue así. Stallman, que presume de tener una extraordinaria capacidad para expresar su enfado –algo de lo que podemos dar fe quienes le conocemos– siempre comenta que en aquel momento sintió tal enojo e incomprensión hacia una actitud que le impedía (¿en razón de qué?) solventar los inaceptables problemas que estaban sufriendo con la impresora, que por primera vez en su vida no pudo darle expresión a ese enfado: salió de allí sin decir una palabra. ¿¡Qué perdía Xerox si el programa lo iban a arreglar ellos!? Al poco, seguramente porque el MIT no era un cliente cualquiera, Xerox les ofreció el código bajo estrictas condiciones de no desvelarlo a terceros.

Stallman tuvo la tentación de firmar el acuerdo, pero se dio cuenta de que con ello aceptaba actuar con esas terceras personas de la misma manera que le resultaba inaceptable que hubieran actuado con él: se comprometía a no ayudarles. Desde su punto de vista ético, tal conducta era inaceptable. Y con la proliferación de situaciones similares, tomó una decisión radical. Puso su conciencia por delante y abandonó una prometedora carrera de brillante programador en el MIT... para ponerse a trabajar de camarero. Al menos así no traicionaba sus ideas.

Juan-Mariano de Goyeneche trabaja en el Departamento de Ingeniería Telemática de la UPM.


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