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Juan Morote

Als bous sí, però a on?

La prohibición de la fiesta de los toros en Cataluña no es un problema económico, y es un error darle ese enfoque. Todo el nacionalismo es emotivo, y la emotividad es mala compañera del necesario raciocinio del análisis económico.

Juan Morote
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La inquina que algunos catalanes demuestran hacia la fiesta de los toros desgraciadamente no es nueva. Allá por las postrimerías del siglo XIX pululaba un sujeto, a la sazón profesor de la Facultad de Derecho, llamado Bas y Amigó. Supongo que con el tiempo el apellido ya se habrá catalanizado en su grafía. Este profesor fue un furibundo precursor del nacionalismo y también antitaurino. El propio Prat de la Riba lo reconoce como su maestro, y el de toda una generación. Sin embargo, no todos los catalanes han sido ni son antitaurinos, tampoco los catalanistas en bloque adolecen de la falta de sensibilidad para apreciar el arte del toreo. Un claro ejemplo de estos últimos fue Francisco Cambó, quien capitaneando la Liga Regionalista Catalana, llegó a presidir alguna corrida de toros en Sevilla, y a asistir a la inauguración de la plaza de toros de Estella. Por lo tanto, entre el catalanismo también ha habido grandes aficionados.

Frente a la libertad cultural, siempre hay quien opta deliberadamente por la uniformidad conformante de la manifestación monocromática. El comunismo sepultó el arte tras el telón de acero durante casi un siglo. La diversidad entraña siempre riqueza, a la vez que la uniformidad es síntoma de falta de libertad. Se puede acudir y disfrutar de unos castellets por la mañana, comer unos calçots a medio día, y paladear el placer estético de una buena corrida de toros al atardecer. Las incompatibilidades casi siempre encubren un miedo a la libertad, ese miedo atávico que la izquierda más rancia siempre ha atesorado. La prohibición de la fiesta de los toros en Cataluña no es un problema económico, y es un error darle ese enfoque. Todo el nacionalismo es emotivo, y la emotividad es mala compañera del necesario raciocinio del análisis económico.

El derroche de esfuerzos para prohibir la fiesta de los toros conlleva una voluntad de división artificial de la población. Del mismo modo que Pujol descubrió que el mejor bisturí para separar la sociedad catalana del resto de la española era el ejercicio sistemático de la estigmatización lingüística, sus sucesores llámense Mas, Puigcercós, Rovira o Montilla han continuado la tarea iniciada. La prohibición de la fiesta de los toros generará un hecho diferencial más; a saber, en Cataluña se pueden matar niños en el vientre de su madre, desproteger la vida de quien más cuidados necesita, practicar el hostigamiento social a quienes se arriesgan a actuar con criterio propio y ahora ha comenzado a plasmarse la abolición de la cultura.

De esta forma, aquellos aficionados catalanes o residentes en Cataluña que no puedan ver toros en Barcelona, tampoco podrán comentar que se desplazan a Valencia o Zaragoza para ver a José Tomás, al Juli, o a la figura de turno. Tendrán que vergonzantemente comunicar que se van a ver las Fallas, el Pilar o a su señor padre, tot menys als bous, perque no diguin. Y es que lo peor de la tiranía nacionalista no es la abolición en sí, sino la castración mental que conlleva.

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