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Juan Morote

Bibiana: roja, pija y progre

¿Es coherente que se puedan a matar a cuantas criaturas de veinte semanas se tenga por conveniente y, en cambio, que no se pueda trabajar ni un día a cambio del dinero que a cada cual le dé la gana?

Juan Morote
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La ministra de Igualdad ha puesto todo su empeño en legalizar el asesinato masivo de inocentes en el vientre de sus madres. Esta chiquita con cierto aire pijo, da la sensación de haber pisado mucho más la avenida de Las palmeras, que cualquier barrio periférico de Sevilla. Como todos los progres, en este caso pija-progre, esconde a un fascista so capa de modernidad.

Esta señorita señaló en Pola de Lena que el papel de la Iglesia se ciñe a señalar qué acciones u omisiones son o no pecado, pero que la Iglesia no es quien para decidir cuáles deben considerarse delictivas, cuestión que reservó para los legisladores. Claro, en la Alemania nazi también fue el Reichstag quien aprobó las distintas leyes que iban cercando a los judíos hasta la ley de solución final, por supuesto igualmente aprobada por el Parlamento.

Cualquiera de nosotros se puede representar a un alto mando alemán comentando sobre la denominada "cuestión judía": "en un asunto como éste, no podemos contentar a todo el mundo". A todas luces, no es posible contentar a los verdugos y a las víctimas. Pues bien, la frase entrecomillada no es de ningún alemán –aunque sí denota el mismo desprecio por la vida humana– sino de nuestra ínclita ministra de Igualdad. La base del argumento es la misma, basta con negarle la condición de persona a un ser humano para que, aparentemente, deje de tener los derechos naturales que le son inherentes.

No contenta con el disparate anterior, es decir, no satisfecha con haber negado la condición de persona a un ser perteneciente a la especie humana, como es un embrión o un feto, la señorita Aído se permite el lujo de mandar callar al cardenal Rouco. A decir de la ministra, la Iglesia no es quien para opinar de ningún asunto civil. ¡Qué curiosa lección de tolerancia! ¡Qué talante! Apenas se descuidan estos pijo-progres, les aflora la intransigencia del iletrado con consigna recibida. Entérese de una puñetera vez de que si la Iglesia se opone al aborto, no lo hace por fastidiar a nadie, sino porque la realidad, la única realidad se impone; y la verdad es que un no-nacido es una persona, un ser humano, con un programa de formación completa.

La Iglesia tiene la misión ineludible de predicar la verdad, puesto que sólo la verdad hace libre al hombre. Es más, para llegar a la verdad, hay que desprenderse de todos los ropajes que condicionan nuestro punto de vista, y del primero que hay que prescindir es de la consigna; sólo así se pueden analizar las cosas a la luz de la razón. En la defensa de la vida no es necesario acudir a argumentos teológicos, los meramente racionales son de tanto peso que no hace falta ir más allá. Estos exterminadores vocacionales defienden que el feto de menos de no sé cuántas semanas no es una persona.

Si no es una persona, si no se trata de un hombre germinante, díganme, ¿qué es? ¿Una parte del cuerpo de la mujer, eso sí, con un ADN distinto? Así, si doña Bibiana y todos los iletrados que la rodean defienden esto último, mi gran duda es por qué vamos a permitir un acto tan radical de libertad y no permitimos el ejercicio de la libertad consistente en vender al precio que cada ciudadano considere conveniente su fuerza de trabajo. ¿Es coherente que se puedan a matar a cuantas criaturas de veinte semanas se tenga por conveniente y, en cambio, que no se pueda trabajar ni un día a cambio del dinero que a cada cual le dé la gana? Toda una lección de coherencia roji-pija-progre.

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