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Juan Morote

Dos varas y una verdad

La actitud tibia, cuando no cómplice del alcalde, ha sido determinante de que el incumplimiento sistemático de la legalidad haya tomado carta de naturaleza en Madrid.

Juan Morote
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Madrid se ha convertido según zonas y ocupantes en una ciudad sin ley, al menos parcialmente. De esta guisa, como todo el mundo sabe, una banda de autodenominados indignados se ha enseñoreado de la plaza de la Puerta del Sol desde hace un mes y medio. Frente a este atropello a todas las ordenanzas municipales que regulan la ocupación de la vía pública, la realización de actividad mercantil en la misma e incluso las que regulan la emisión de ruidos y residuos, han sido dejadas de aplicar en esta plaza emblemática.

Ni las fuerzas del orden dependientes de Rubalcaba, ni los municipales de Gallardón han hecho nada para devolver el espacio público a sus legítimos poseedores y, por supuesto, a ninguno de ambos se les ha pasado por la cabeza aquello de que hay que hacer cumplir la ley tal y como prometieron cuando juraron, prometieron, aceptaron o lo que sea, sus cargos. Los insurrectos de la plaza han gozado hasta de vigilancia policial durante todo este tiempo, al más puro estilo de los corsarios cuando navegaban escoltados por barcos de la armada de su majestad, sólo que aquí no roban para quién los protege, o al menos no únicamente.

Al alcalde de la capital sólo le ha molestado que se acercaran a su casa a protestar, si bien su reacción fue motivada por la incomodidad de ver en su barriada de gente bien acomodada a semejantes individuos. La actitud tibia, cuando no cómplice del alcalde, ha sido determinante de que el incumplimiento sistemático de la legalidad haya tomado carta de naturaleza en Madrid. Así, no se pueden sacar las bebidas a las puertas de los bares en cambio, se puede hacer botellón con Sabina en la Puerta del Sol. No se pueden consumir estupefacientes en lugares públicos, excepto si usted se llama indignado y lo hace en la Puerta del Sol.

Un contribuyente bienintencionado puede pensar que en el ánimo del alcalde está el favorecer cualquier tipo de expresión popular, cual si el alcalde se hubiera transformado en un defensor de la libertad. Nada más lejos de la realidad. Cuando un grupo de jóvenes provida ha intentado acampar en Sol ha sido inmediatamente desalojado. Los indignados se amotinaron contra el sistema de partidos y la asimetría entre los que han provocado la crisis, que son los que nos gobiernan, y los que la padecen, que somos todos los demás ciudadanos. Esto a Gallardón le debe parecer razonable; en cambio, protestar por la barbaridad que es el aborto le debe parecer un acto de intolerancia supina. Es evidente que don Alberto entiende que es mayor el oprobio que genera verle rodeado de cientos de asesores que el asesinato de miles de inocentes. Así, dos varas de medir y una única verdad.

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