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Juan Morote

El Olentxero

Los proetarras han ganado otro espacio de la cultura popular politizando en su interés una tradición arraigada en la ilusión de los niños.

Juan Morote
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Llegué a San Sebastián el pasado domingo y me llamó la atención que se habían reducido considerablemente las fotos de etarras en los balcones de los alrededores de la calle Matía, una calle bullanguera, comercial, del barrio del Antiguo. Esto siempre alegra al visitante de buena voluntad.

Había leído en la prensa que la cabalgata de los Reyes Magos iba a ser sustituida por la cabalgata, o lo que fuere, en honor del Olentxero, un personaje caracterizado por una cara ancha, sonrisa abierta, mofletes sonrosados, de complexión ligeramente gruesa, barba hirsuta, boina calada y vestimenta oscura. Reza la tradición que baja de la montaña el día de Navidad con regalos para los niños; diríase que es la versión euskalduna de Papa Noel.

Llegada la Nochebuena en la calle Matía, oigo acercarse por el centro de la calzada una fanfarria cadenciosamente triste, me aposto en la acera para verla pasar: un grupo de gente vestida toda de negro, con blusones típicos de las labores del campo, llevan en un anda al Olentxero. A su alrededor se arremolinan unos cuantos niños, pero los viandantes bajan la vista y callan. Cuando me fijo descubro que los niños, y los mayores que los acompañan, portan una especie de estandartes, al menos una treintena, con las fotos de los etarras encarcelados, convirtiendo la fiesta en una macabra procesión de la Santa Compaña, versión euskalduna, claro.

Decía Ortega en su discurso pronunciado en las Cortes del treinta y dos, con ocasión del debate sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña, que lo lamentable de los nacionalismos es que cuando alguien no coincide con las formulas políticas que traducen el sentimiento, entonces no se atreven a manifestarlo, porque no hay nada más fácil que los exacerbados los tachen, en este caso, de antivascos.

Los proetarras han ganado otro espacio de la cultura popular politizando en su interés una tradición arraigada en la ilusión de los niños.

De esta guisa los viandantes cabizbajos, casi afrontados por el espectáculo entorno al Olentxero, no dicen nada; lo importante es que la Real remontó frente al Tenerife. Todos vuelven en sí al cabo de un rato, la cena es de nuevo lo importante, iremos todos a misa del gallo, porque aquí nunca pasa nada.

Lo que no se pregunta nadie es si las sacas de odio que llevaban aquellos que trasportaban al Olentxero contenían el explosivo que se utilizó horas más tarde en el atentado contra la sede del PSE-PSOE de Balmaseda.

La procesión discurre lentamente y se va alejando agitando las fotos que otrora colgaban de los balcones, con su tañido lúgubre, dejando un aroma de hiel en la Nochebuena de la calle Matía.

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