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Juan Morote

El precio del ridículo

Es inaceptable el argumento de que no se podía adoptar otra solución, porque cabía otra alternativa. Francia pagó, liberó a sus marineros, persiguió a los piratas, mató a unos cuantos y además recuperó el dinero pagado.

Juan Morote
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Cuando era pequeño, mi abuelo me decía que en esta vida se puede hacer todo menos el ridículo. Al ver cómo se ha resultado el desenlace del secuestro del Alakrana, se me ha quedado cara de haber hecho el canelo de forma exagerada. Los cofrades del padre de las góticas han protagonizado un carrusel de despropósitos digno de una revista de Lina Morgan, sólo que aquí el final no es hilarante, sino vergonzante.

Hace ya año y medio un barco pesquero, con tripulación española a bordo, fue secuestrado en la costa central de Somalia (o lo queda de ella): el Playa de Bakio. En aquella ocasión, el Gobierno español no sólo pagó un rescate, sino que envió a personal del CNI para asegurar que el dinero llegase a los piratas secuestradores. Fue un claro ejemplo de buenismo, o sea, la ignorancia supina adornada de autocomplacencia pretendidamente vendida como virtud. Igual que la mirada de paz del etarra Otegui en la siempre interesada interpretación de Zapatero.

Estos irresponsables que nos gobiernan pensaron que pagando el rescate, o liberando a De Juana Chaos, mutatis mutandis, conseguirían apaciguar a la reala de piratas o a los etarras, con independencia de su grado de compromiso. Como nuestros gobernantes socialistas, son tan ayunos de instrucción, no se han enterado de que con el mal no se puede dialogar, de que quien lo hace siempre se le acerca. De este modo, la tregua y liberación de De Juana supusieron una oportunidad de reagrupamiento de la ETA y un rearme moral de su entorno; y el pago a los piratas un claro aviso de cómo conseguir más dinero. Así, la ETA volvió a matar, no sabemos si el Gobierno volvió a dialogar, lo bien cierto es que no ha renunciado formalmente a la autorización que en su día recabó del parlamento para negociar con los asesinos etarras. Y los piratas han vuelto a secuestrar.

Es inaceptable el argumento de que no se podía adoptar otra solución, porque cabía otra alternativa. Francia pagó, liberó a sus marineros, persiguió a los piratas, mató a unos cuantos y además recuperó el dinero pagado; acto seguido, envió a la zona efectivos militares suficientes para garantizar la seguridad de sus barcos. En cambio, el Gobierno español ha convertido a la armada en una agencia de transportes al servicio de cualquier campaña delirante auspiciada por la "alianza de civilizaciones" ¿Por qué no pagó el Estado el rescate exigido por la ETA en el caso de Miguel Ángel Blanco, Ortega Lara o Emiliano Revilla? Porque el Estado no puede ni humillar a sus ciudadanos ni hacer el ridículo cediendo al chantaje de ninguna organización delictiva, sea la ETA o los piratas somalíes.

Pero esto ha cambiado con los nuevos políticos, ya en el Gobierno ya en la oposición, puesto que andan todos congratulándose por el feliz desenlace. No habiendo muertos, da igual que España haya sido puesta a cuatro patas por una banda de desarrapados. El ridículo ha sido mayúsculo y además caro, muy caro: según las distintas fuentes, se han transferido del dinero de los contribuyentes entre 2,5 y 5,5 millones de euros a las arcas de los piratas, dinero que servirá para mejorar su infraestructura y secuestrar más y mejor; sobre todo, cuando barrunto que la cifra será mucho mayor. Junto al desembolso del rescate también se ha pasteleado con la acusación a los piratas detenidos, de modo que para Navidad ya estén extraditados a un país inexistente, o al vecino, que casi es lo mismo. Merced al Gobierno de Zapatero, una vez más, España es humillada por una banda de delincuentes y, en este caso, el ridículo, además, ha tenido precio.

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