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Juan Morote

Escupamos sobre Enrique Ubieta

En este caso, como en el Génesis, la sangre derramada de mi hermano clama a mí desde la tierra. Desde la tierra cubana se alza la sangre de Orlando en una apelación a lo más hondo, al centro de cualquier ser humano de buena voluntad.

Juan Morote
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Debo comenzar pidiendo perdón por parafrasear a Simone de Beauvoir. No obstante, escupamos sobre Enrique Ubieta, que no sé realmente si existe ni me importa. Escupamos sobre la porquería, sobre las heces del régimen torturador de Fidel Castro y sus sucesores, aunque también deberíamos escupir sobre todos aquellos que amparan la tortura, la privación de libertades, el sometimiento a la esclavitud socialista o, como diría Hayek, el camino de servidumbre que supone la dictadura más longeva del planeta. Escupamos sobre todos aquellos que van a Cuba a fornicar a precio de saldo, a traficar impunemente, con cuyo dinero se mantiene un régimen abyecto que hiere la sensibilidad de todos aquellos que albergan un ápice de amor a la libertad.

Hace escasos días, el diario oficial del Partido Comunista Cubano publicaba un artículo dedicado a este héroe de la libertad. Lo hacía para ridiculizar su figura convirtiéndolo en un delincuente común. Rezaba así el diario Granma:

Pese a todos los maquillajes, se trata de un preso común que inició su actividad delictiva en 1988. Procesado por los delitos de "violación de domicilio" (1993), "lesiones menos graves" (2000), "estafa" (2000), "lesiones y tenencia de arma blanca" (2000...)... fue liberado bajo fianza el 9 de marzo del 2003 y volvió a delinquir el 20 del propio mes. Dados sus antecedentes y condición penal, fue condenado esta vez a 3 años de cárcel, pero la sentencia inicial se amplió de forma considerable en los años siguientes por su conducta agresiva en prisión.

Leyéndolo, casi me entran más ganas de vomitar que de escupir. No sólo por la sarta de infamias vertidas sobre un muerto por la causa de la libertad, sino por el seguidismo que de las mismas están haciendo en España aquellos que en su vida han sabido ganarse la vida sino parasitando a los demás. Este colectivo de parásitos de distinta índole incluye a todos los que le ríen las gracias a Buenafuente o al Wyoming, a los del follonero, a los que con aire progre se pasean con El País bajo el brazo los domingos, a los de la kufiya con gafitas de diseño, a los pajines, a los actores sin espectadores, a los productores de subvención, y a los directores ayunos de salas con espectadores, entre otros.

 Me duele la muerte de Orlando, un albañil decente. Me duele la muerte de quién dejando el andamio dedicó su vida, hasta su último aliento, a edificar el costosísimo edificio de la libertad. Ahora, todos hemos contraído una deuda moral gravísima con Orlando Zapata Tamayo. Tenemos el deber de mantener viva su memoria, de recordar su sacrificio. John Donne, poeta metafísico inglés, decía que "la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti". En este caso, como en el Génesis, la sangre derramada de mi hermano clama a mí desde la tierra. Desde la tierra cubana se alza la sangre de Orlando en una apelación a lo más hondo, al centro de cualquier ser humano de buena voluntad. Ha muerto torturado un mensajero de la libertad, escupamos sobre sus verdugos y sus cómplices, recojamos su testigo, colaboremos con todos aquellos que se resisten a ver a Cuba bajo el yugo socialista e impulsemos su historia hacia la libertad.

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