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Juan Morote

Los arrepentíos

Con Gallardón y con José Blanco me pasa lo mismo: me preocupa si alguna vez coincido en lo más mínimo con ellos.

Juan Morote
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Diversas instituciones de caridad llevaron el nombre de "las arrepentidas" en distintas ciudades de España, como Valladolid, Sevilla o Valencia. La primera estaba situada casi enfrente del convento de San Nicolás y acabó siendo depósito de bomberos. La segunda en aquella Sevilla que entonces tenía rango de Corte por la presencia en el Palacio de San Telmo de los duques de Montpensier. La de Valencia es hoy el Mercado Central. Todas fueron demolidas tras la desamortización.

Pero no voy a escribir un tratado conventual, sino la crónica de un día que parecía llevar el nombre de tan nobles instituciones como fueron "las arrepentidas". En él pudimos ver a dos personajes archidimisionarios de su supuesta vocación política, como son Alberto Ruiz Gallardón y José Bono, dos arrepentidos en todo lo suyo.

Gallardón todavía es alcalde de Madrid, de modo que seguimos a la espera de que haga efectivo alguno de sus conatos dimisionarios. Su último anuncio de abandono de la vida política se produjo cuando Mariano Rajoy se negó a colocarle en un puesto a la medida de Vellido Dolfos. Sin embargo, parece que lo de dimitir se lo ha pensado mejor. ¿Se habrá arrepentido?

Bono, cuando fue derrotado en el XXXV Congreso Federal del PSOE, manifestó que no volvería a cruzar el Tajo, haciendo referencia a su permanencia en Albacete y a su intención de no intentar saltar a la política nacional de nuevo. De ahí a su estancia en el Ministerio de Defensa para terminar en la presidencia del Congreso no hubo más que un paso: el del arrepentimiento. A lo mejor es que no lo entendimos bien y se refería a cruzar el Tajo, pero hacia el sur.

Ambos arrepentidos –ya se sabe que, en algunas ocasiones, de ellos es el reino de los cielos– estaban como niños con zapatos nuevos. Había que ver a estos dos amigos tan ufanos. Conviene recordar que Bono dijo que nunca se presentaría a nada contra Gallardón, ¡qué dos modelos de demagogia! ¡Qué afinidad! ¡Che, un primor!

Los motivos de alegría eran distintos, por parte de Gallardón la elección de Soraya Sáenz de Santamaría le ha producido un gran alborozo y ha avivado su aceleración vital; se ha desbordado su entusiasmo como si hubiera marcado su equipo un gol en la prórroga. Al conocerse la noticia se mostraba exultante. Calificó a la elegida como un nuevo rumbo para el PP.

Por su parte, Bono, tan formal, con su corbata azul, que dicen los psicólogos que provoca menos rechazo y facilita el diálogo, parecía estar pendiente de sonreír para una foto que enviará a un familiar.

Fíjese usted, a mí no me ha hecho ninguna gracia, ni lo uno, ni lo otro. Con Gallardón y con José Blanco me pasa lo mismo: me preocupa si alguna vez coincido en lo más mínimo con ellos. Con Bono igual o peor, ya que sólo un cobarde se inventa una agresión para que se detenga ilegalmente a militantes del PP, y sólo alguien con muy poca hombría reprueba a su predecesor en el Ministerio de Defensa, Federico Trillo, tras un trágico accidente. Como diría el reprobado, manda huevos los arrepentíos. Estos sí que están para demoler.

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