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Juan Morote

Rasgarse las vestiduras

Un presidente de comunidad autónoma recibe un motón de regalos, como los recibe un alcalde o un ministro. Convertir esto en motivo de escándalo no es más que pretender sacar tajada política de un ejercicio de fariseísmo abyecto.

Juan Morote
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¡Qué fácil es rasgarse las vestiduras! ¡Qué fácil gritar blasfemia como réplica a una respuesta inocente! Hoy, el president de la Generalitat Valenciana se ve conducido como cordero llevado al matadero pero no camina al son de trompetas, sino parcialmente cercado de impresentables que aún se echan a suerte su túnica al tiempo que le vitorean.

Paquique, como le llamaban sus amigos en La Canyada, es un personaje honrado, nunca lo he dudado, como tampoco cuestiono su falta de tino en elegir a alguno de los que le rodean, más proclives a emular a Mañara o a Álvaro Mesía, que a ocuparse de sus asuntos con la diligencia de un buen padre de familia, tal y como prescribe el código de Francisco Silvela. En cualquier caso, debemos resaltar que el juez instructor ha descartado la posibilidad de que las dádivas, supuestamente recibidas condicionaran ni una sola decisión del gobierno.

Hoy, la Comunidad Valenciana se debate entre la indignación y la incredulidad; si bien no es menos cierto que los brotes verdes de mezquindad apuntan por los ribazos, representados por los residuales votos cosechados por la izquierda progre y zapateril. Son muchos los ciudadanos indignados cuando contemplan la injusta inmolación de su president, por no haber advertido, en el peor de los casos, que un regalo a veces no es tal. Hay regalos envenenados, de estos la literatura está llena y, en no menos medida, la política.

Son muchos actores de la academia los que hoy invocan el artículo 426 del Código penal, cuando en su indigencia intelectual añoran, no con menos fruición que la invocación que realizan, los obsequios que percibían sus maestros. En honor a la verdad, el asunto que nos ocupa sólo es un perfecto ejercicio de fariseísmo. ¿Acaso dimitió Bermejo por haber sido invitado a cacerías, cuyo precio supera holgadamente el de los trajes supuestamente no pagados por Camps?

Ignoro si Camps pagó de su bolsillo los trajes o no lo hizo, aunque tiendo a creer lo que ha dicho. Si bien, aunque se demostrase que yo estoy equivocado y, por ende, que Camps aceptó un regalo de dos mil cuatrocientos euros en trajes, me parecería igualmente ridículo pretender que dimita por haber aceptado un regalo más bien cutre. Me gustaría saber cuántos alcaldes han aceptado invitaciones a mariscadas regadas con caldos que superan con creces el importe de los trajes de Camps, cuántas cestas de Navidad son repartidas sin romper la cadena de frío que los productos que contienen necesitan, cuántos relojes son enviados desde las mejores joyerías de país en tan entrañables fechas, ¿vivirían algunas marcas de superlujo sin los regalos a los políticos?

Creo que ya está bien de hipocresía, de rasgarse las vestiduras, de poner cara de incredulidad, de mascullar aquello de: "fíjate que horror...". Seamos serios. Un presidente de comunidad autónoma recibe un motón de regalos, como los recibe un alcalde, un ministro o un representante diplomático cuando realiza una visita. Convertir esto en motivo de escándalo no es más que pretender sacar tajada política de un ejercicio de fariseísmo abyecto.

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