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Urkulleka

Urkullo y Erkoreka, que vienen a ser uno y lo mismo, andan mendigando un puesto en un patio de Monipodio como es la autodenominada “conferencia de paz”. Para lograr salir en la foto del enésimo hito definitivo en el camino de la “pacificación de Euskadi”.

Juan Morote
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Urkullo y Erkoreka, que vienen a ser uno y lo mismo, andan mendigando un puesto en un patio de Monipodio como es la autodenominada, por sus convocantes, "conferencia de paz". Para lograr salir en la foto del enésimo hito definitivo en el camino de la "pacificación de Euskadi", como a estos les gusta decir, se han erigido en anfitriones de unos cuantos estómagos agradecidos, dizque Brian Currin y sus corifeos.

A estos sujetos les importa única y exclusivamente su minuta, Currin, los de la Fundación Berghof, los de la Conciliation Resources, Noref, Desmond y Tutu, o los lugareños de Lokarri, buscan cobrar, especialmente notoriedad que les permita seguir cobrando por otros lugares del planeta. En cambio, a un buen grupo de ciudadanos nos ocupan las víctimas, su memoria y su dignidad. Nos interesa extraordinariamente que se haga justicia. Más de cuarenta años de terror en el País Vasco no pueden saldarse con una panda de desahogados apuntándose al champán y al caviar.

Deberían tomar nota nuestros representantes. El fin de la ETA deseado por todos no debe producirse a cualquier precio, porque el precio será pagado por los de siempre, es decir, por las víctimas y sus familiares. No puede haber reconciliación sin perdón, ni perdón sin arrepentimiento, y por lo que atañe a los verdugos hasta ahora sólo hemos percibido altanería, prepotencia y desafío. Vendrán los progres con su demagogia a acusar de egoístas a quienes han puesto los muertos y han sufrido el miedo, por negarse a claudicar una vez más ante el terror.

Si el PNV apuesta por el abandono de la violencia por la ETA es porque cree que ya nada puede obtener con su presencia. Sin duda, consideran que ya no quedan más nueces susceptibles de desprenderse del árbol sacudido por los asesinos etarras. Por otro lado, si el PSOE, y especialmente los socialistas vascos, apoyan un final humillante, es porque electoralmente no tienen nada que llevarse a las urnas. No debemos, como ciudadanos, transigir con ninguna solución que no parta de la reparación, siquiera moral, a las víctimas. Si bien, parece cierto que el final de la ETA está próximo, no lo es menos que en ningún caso dicho fin pasa necesariamente por una nueva victoria de los verdugos. Espero que al menos el Partido Popular aguante el tipo y, aunque ha tenido sus vacilaciones, sepa permanecer al lado de las víctimas.

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