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Juan Ramón Rallo

Gallardón, de la infamia al insulto

Siguiendo a Gallardón, todos los manirrotos de este país deberían ser elevados a paradigmas de la austeridad una vez se hayan fundido todo el dinero de sus familias y ya nadie les quiera seguir prestando.

Juan Ramón Rallo
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Que el Ayuntamiento más endeudado de España se erija como un ejemplo de moderación, contención y reducción del gasto público debería recibir idéntica consideración a la de esos pobres diablos que con la mano en el estómago se postulan como los nuevos Napoleones. Con una diferencia, claro: esos locos con aires de grandeza no suelen hacer ningún daño a nadie salvo cuando pasan a ocupar la Alcaldía de Madrid.

Resulta que los madrileños han de aguantar no sólo que su faraón los esquilme a impuestos, sino también que se burle de ellos. No otra cosa cabe deducir de esa diáfana mofa que Gallardón ha dirigido a sus súbditos.

Así, el alcalde saca pecho por que los presupuestos aprobados en 2010 para el Consistorio reflejan una reducción del gasto desde los 5.100 millones de euros a los 4.950; descenso que se suma al ya emprendido en 2009, cuando los dispendios se redujeron en 100 millones de euros. ¡Fantástico! En apenas dos años Gallardón ha recortado el gasto público en un 6%, alrededor de 300 millones de euros. El sueño de todo liberal que se precie.

Frente a esta intachable gestión, contrasta, según Gallardón, el despilfarro del Estado y de las Comunidades Autónomas, quienes deberían seguir su austero ejemplo. Así, la Comunidad de Madrid no ha reducido el gasto entre 2008 y 2010, sino que sólo lo ha congelado (y de hecho en 2009 lo aumentó tímidamente para volverlo a reducir en este ejercicio). Gallardón es más liberal que Aguirre. Inapelable, ¿no?

Bueno, no tan deprisa. La virtud no sólo se encuentra en gastar poco (que también), sino en que los gastos no superen notablemente a los ingresos. Imaginen dos familias, una endeudada hasta las cejas y que tiene a todos sus miembros en el paro, que, con el objetivo de reducir el gasto, decide cambiar sus tradicionales vacaciones al Caribe por unas vacaciones más modestas a Londres, aunque una vez allí tampoco escatima en gastos; y otra familia que, con una deuda llevadera, ha visto minorar sus salarios y que, pese a ello, no decide modificar sus vacaciones al Caribe, si bien una vez allí se aprieta un poco el cinturón. ¿Consideraríamos acaso a la primera un ejemplo de prudencia y rigor financiero frente a la segunda? Lo dudo mucho, porque la primera necesita una terapia de shock –una reconversión de arriba abajo en su estructura financiera– y la segunda, aunque debería haberse ajustado, no está en una situación crítica.

Pues ahí tienen el caso del Ayuntamiento de Madrid y de la Comunidad de Madrid. En 2008 (último año con los datos completos disponibles), Gallardón esperaba recaudar –descontando las emisiones de deuda– unos 5.000 millones de euros para sufragar unos gastos de 5.200 millones, pero finalmente sólo recaudó unos 4.100. Es decir, sus ingresos se desplomaron un 18%. Ahí es nada. Y, por supuesto, a este alcalde tan austero no se le ocurrió mientras observaba el desplome de los ingresos ir ajustando a la baja el gasto, que de hecho terminó reputando al cierre del ejercicio en 5 millones de euros.

En cambio, la Comunidad de Madrid pensaba recaudar 18.500 millones para sufragar unos gastos de 19.000, y finalmente recaudó 16.900, un 9% menos. Tampoco está nada mal la caída, aunque es la mitad de la que sufrió el Ayuntamiento. ¿Y qué hizo la manirrota Comunidad con los gastos programados? Pues los redujo de 19.000 millones a 18.350. Uno se plantea qué función tenían esos 650 millones de euros que tan fácilmente se recortaron sobre la marcha en un año y si no hubiese sido mejor devolverlos desde el comienzo a los contribuyentes, pero al menos se intentó frenar el crecimiento de la deuda conforme la situación se fue deteriorando.

Pero no nos quedemos solamente con las circunstancias excepcionales de un año. Fijémonos en la posición de solvencia de cada cual. El Ayuntamiento de Madrid es desde hace años el consistorio más endeudado de España con muchísima diferencia: debe 7.300 millones, casi diez veces más que el segundo más endeudado, Valencia. Para 2010, Gallardón espera recaudar –de manera muy optimista, atendiendo a la liquidación de 2008– unos 5.000 millones de euros; esto es, su deuda representa el 146% de sus ingresos. O dicho de otra manera, necesitaríamos toda la recaudación de año y medio para hacer frente a las deudas.

Por el contrario, la Comunidad de Madrid ni es la comunidad más endeudada de España (sus pasivos son de 11.100 millones de euros, menos de la mitad de los de Cataluña) y, sobre todo, no representan un porcentaje tan brutal sobre sus ingresos fiscales: tomando la previsión –probablemente también optimista– de recaudar 17.000 millones en 2010, supondrían el 65% de los ingresos fiscales de la administración; es decir, algo menos de 8 meses de recaudación y menos de la mitad de lo que le representan a Gallardón.

Pero es que además el muy liberal Gallardón presenta estas cifras descuadradas habiendo subido varias veces los impuestos a los madrileños, mientras que en la Comunidad la tendencia (muy moderada, eso sí) ha sido más bien la de reducirlos.

Bueno, me podrían decir ustedes, si la deuda de la Comunidad es tan reducida y la del Ayuntamiento tan baja es porque Gallardón le entregó a Aguirre una administración saneada y Gallardón la recibió de Álvarez del Manzano llena de agujeros. Pues tampoco, vaya por Dios. Este ejemplo de austeridad presupuestaria llamado Gallardón triplicó entre 1995 y 2003 la deuda de la Comunidad, pasando de 2.800 millones a 9.000 (del 3,9% del PIB al 6,5%). Aguirre, por el contrario, incluso computando la influencia de la crisis en la que ha gastado más de lo que debiera, la ha incrementado un 22%, desde 9.000 millones a 11.000 (y reduciéndola en relación al PIB desde el 6,5% de Gallardón al 5,9% actual).

¿Y qué sucedió con el Ayuntamiento de Madrid que recibió Gallardón? Pues que entre 1995 y 2003 la deuda sólo (es un decir) aumentó de 1.000 a 1.400 millones, mientras que Gallardón la hizo estallar desde 1.400 a los 7.300 actuales.

Así que, si estoy lejos de opinar que la Comunidad de Madrid ha elaborado los presupuestos que debería dada su situación y su coyuntura, imaginen qué opinión tendré sobre Gallardón. Mucho me temo que a menos que consideremos a todos los pródigos que moderan algo sus dispendios por estar al borde de ser incapacitados o sometidos a un concurso de acreedores, Gallardón nunca, tampoco hoy, ha sido un ejemplo de rigor presupuestario. Y en otro caso, no sólo Gallardón, sino también Zapatero (que ha anunciado un recorte del gasto de 50.000 millones) y todos los manirrotos de este país deberían ser elevados a paradigmas de la austeridad una vez se hayan fundido todo el dinero de sus familias (o países) y ya nadie les quiera seguir prestando.

Sr. alcalde, por favor, ya que está construyendo pirámides con nuestro dinero, al menos no nos diga que son espejismos.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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