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Juan Ramón Rallo

Los errores de la política monetaria expansiva

A poco que crecemos, el precio de las commodities se dispara; más nos hubiese valido un crecimiento más moderado y acompasado por un aumento de la oferta y una reducción de la demanda de las materias primas.

Juan Ramón Rallo
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El informe mensual de febrero de La Caixa contiene un interesante resumen de la postura predominante en la academia acerca de cómo combatir la crisis actual. Básicamente: cuando la economía encalla, los bancos centrales suelen reducir los tipos de interés. Sin embargo, en este momento los tipos de interés, debido al hundimiento de la demanda de crédito, ya están muy próximos a cero, por lo que el paso lógico sería establecer tipos de interés nominales negativos. Dado que esto último es imposible, la alternativa pasa por impulsar unos tipos de interés reales negativos; a saber, generar inflación, para lo cual es menester extender la expectativa entre los agentes económicos de que, en efecto, habrá inflación; pero esto, al parecer, no es demasiado sencillo, por cuanto los bancos centrales son entidades de reputada solvencia y la gente no se cree que vayan a soportar de brazos cruzados inflaciones elevadas. ¿Qué nos queda entonces? Pues lo que ha venido haciendo Bernanke: monetizar tanta deuda pública como sea posible para, al mismo tiempo, permitir que los Estados sufraguen políticas de demanda expansivas.

Grosso modo éste viene a ser el canon oficialista. Canon que, por cierto, no ha podido demostrarse más fracasado en los últimos años. Repasemos sus principales fallas:

  • El crecimiento no depende de los tipos de interés: A largo plazo, el crecimiento depende del ahorro, esto es, de los factores productivos disponibles para fabricar bienes de capital. Obviamente, cuando el banco central baja los tipos de interés no incrementa el número de trabajadores, materias primas, empresarios, maquinaria... tan sólo abarata el endeudamiento. Y más deuda no es más riqueza: las deudas son pasivos que en algún momento debemos devolver (justo lo contrario de la riqueza). Cuanta más deuda acumulamos, más crecimiento futuro es necesario generar para que las inversiones que hemos realizado bajo su paraguas sean rentables. Así pues, la deuda sólo provoca un calentón a corto y medio plazo que tenderá a revertir en forma de liquidación de las inversiones que no se habrían realizado sin su abaratamiento artificial.
  • Deuda más barato no significa siempre más endeudamiento: Cuando los tipos de interés se reducen, sólo cae el precio al que se oferta el crédito. El problema es que para que aumente el endeudamiento no hace falta sólo oferta, sino también demanda. Si la gente no quiere incrementar sus deudas, por muy baratas que se las pongamos, no morderá el anzuelo. Se puede llevar al caballo al río, pero no se le puede forzar a beber. El único que siempre está sediento de endeudamiento es el Estado: ya se ha visto en esta crisis, los tipos han estado al 0%, y el único que ha aumentado sus pasivos ha sido el Gobierno. En esta crisis, Bernanke ha comenzado a comprar deuda hipotecaria y deuda pública para bajar sus correspondientes tipos de interés. ¿Sobre qué terreno pretendía edificar la recuperación? ¿Gasto público y ladrillo? ¿Realmente la economía estadounidense necesitaba que se construyeran todavía más viviendas o que Obama diera rienda suelta a sus caprichos?
  • Los tipos de interés negativos son una aberración: Sostener que una economía necesita tipos de interés negativos para crecer equivale a mantener que una economía necesita, para crecer, que sus empresas pierdan dinero. En realidad, lo que se está diciendo es que la inflación es positiva porque diluye el valor de las deudas.
  • La recuperación necesita un intenso desapalancamiento y un reajuste real: Carece de sentido pretender solucionar los problemas de nuestras economías mediante una inflación que diluya el valor de las deudas. La cuestión no es solamente si los agentes económicos están muy endeudados o muy poco endeudados; la cuestión también es qué usos se están haciendo de los recursos disponibles. Durante los años del boom económico los recursos se concentraron, gracias al aumento de la deuda, en ciertas actividades que generaban muy poco o ningún valor añadido (vivienda, automóviles...), al tiempo que se desatendían otras que ahora se revelan como altamente importantes (como las materias primas). Ahora toca reducir el endeudamiento y redirigir los recursos hacia la producción, investigación y sistemas de ahorro de materias primas; para ello es necesario que las deudas se amorticen o que se impaguen, de modo que se proceda, vía voluntaria o involuntaria (concurso de acreedores) una liberación de factores productivos hacia las actividades más urgentes. Si consiguiéramos aumentar la inflación, es cierto que diluiríamos la carga de las deudas, pero los recursos permanecerían en las mismas empresas ineficientes y sobreendeudadas en las que no generan casi ningún valor.

La reciente alza de precios de las materias primas, aun cuando tenga evidentes factores coyunturales, es el resultado de haber empujado el crecimiento vía gasto público y vía expansión crediticia. La economía no se ha reajustado lo suficiente y después de un inicial hundimiento de la demanda en 2009 (probablemente insuficiente, como demuestran unos déficits exteriores basados en el endeudamiento que siguen permitiendo que sosteniendo parte del crecimiento, y de la demanda de materias primas, de China), su auge posterior ha revelado que no hemos concluido todos los deberes durante estos últimos años y que todavía hay serias carencias en el imprescindible reajuste real.

A poco que crecemos, el precio de las commodities se dispara; más nos hubiese valido un crecimiento más moderado y acompasado por un aumento de la oferta y una reducción de la demanda de las materias primas. Es decir, un cambio en el patrón de crecimiento mundial (y español). Pero los burócratas y los economistas cortesanos quisieron acelerar el proceso, es decir, quisieron "saltarse" algunos pasos y mantenernos en la economía de burbuja. Repitan conmigo: la crisis económica se debe a desajustes reales y la política monetaria no sirve para solucionar esos desajustes reales, en todo caso para agravarlos.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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