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Juan Ramón Rallo

O libre comercio o depresión

Las contracciones crediticias como la que vivimos generan una reducción súbita del tamaño de muchos mercados, pero el proteccionismo los cierra directamente. Crisis sobre crisis.

Juan Ramón Rallo
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Imagine que hace cinco años pidió un préstamo a un banco estadounidense para montar una empresa en España dedicada a vender automóviles al público estadounidense. Al fin y al cabo, si iba a obtener la mayor parte de sus ingresos en dólares bien podía interesarle pagar su deuda también en dólares.

Dado que pretendía dar el salto al otro lado del Atlántico, se vio obligado a adaptar su producto a los gustos de los americanos (ya sabe, coches grandes y con mucha cilindrada) y a organizar su empresa para poder participar en ese mercado (necesitaba, por ejemplo, gente que supiera inglés y que conociera cómo publicitarse de manera eficaz en ese país).

Durante los últimos cinco años su negocio obtuvo una enorme rentabilidad: gracias a que el Maestro Greenspan presionó a la baja los tipos de interés, a los estadounidenses les resultó tremendamente barato endeudarse para comprar automóviles. Así pues, sus ventas se dispararon junto con sus beneficios; motivo por el cual pensó que resultaría conveniente pedir otro préstamo para ampliar el negocio y vender aun más coches.

Pero hete aquí que a mediados de 2007 las cosas empezaron a torcerse. El crédito comenzó a escasear, por lo que sus clientes dejaron de adquirir tantos coches como antes. De hecho, desde mediados de 2008 casi han dejado de comprar por completo. ¿Qué le ocurre entonces a usted? Pues que tiene una gran "capacidad productiva" que está inutilizada (los keynesianos llaman a esto "recursos ociosos", aunque no entienden realmente a qué se deben); la demanda de sus automóviles depende del crédito y, por tanto, sin crédito usted no vende ni una rueda.

Si sus ventas caen, tendrá que readaptar esa "excesiva capacidad productiva" a la nueva demanda menguante del mercado, es decir, tendrá que despedir a trabajadores, enajenar parte de sus máquinas, reducir su consumo eléctrico... El problema es que toda la deuda que había solicitado a los bancos tiene que seguir pagándola y con unos ingresos disminuidos, se encuentra siempre con el agua por el cuello.

A pesar de todo, gracias el forzoso ajuste su empresa logra sobrevivir: vende menos coches y los intereses de la deuda le asfixian, pero como también ha eliminado buena parte de sus costes, todavía puede cumplir con sus obligaciones.

Pero imagine que en ese momento un tal Barack Obama, hombre con una gran conciencia social, declara que la industria nacional del automóvil está en una situación demasiado precaria y que es imprescindible protegerla de la "competencia salvaje" extranjera; en caso contrario, cientos de miles de trabajadores estadounidenses se quedaran en el paro. Por este motivo, Obama decide imponer un arancel a la importación de los automóviles que hace que, por ejemplo, el precio de los coches que usted estaba vendiendo a Estados Unidos se encarezca en un 50%.

Se acabó, por tanto, seguir vendiendo a este país. Punto final. ¿Tiene alguna alternativa antes de echar el cierre? Sí, en parte puede intentar enajenar esos cochazos a los europeos, pero aquí la gasolina es muy cara y no nos salen a cuenta. Además, ¿para qué quiere ahora tener en plantilla a técnicos en el mercado estadounidense si pretende vender en Europa? Y lo que es peor, tiene que seguir pagando su deuda en dólares, pero a partir de ahora cobrará en euros. ¿Se imagina qué le ocurrirá si el euro se deprecia con respecto al dólar? Sí, en efecto, vaya pensando en declarar la quiebra.

Pero vaya, si usted quiebra el banco estadounidense que le prestó dinero se quedará sin cobrar y tal vez esto suponga la puntilla que, a su vez, le aboque a él a la bancarrota. Y si este banco quiebra, algunos estadounidenses perderán sus ahorros, el crédito seguirá reduciéndose y las empresas del país verán reducir su demanda. Dicho de otra manera, el tal Obama gracias a su arancel pro-americano ha terminado perjudicando no sólo a la empresa española, sino especialmente a su propio país.

Pues bien, extienda esta historia a todos los productos y a todos los países del mundo y comprenderá cuáles son los auténticos riesgos del proteccionismo. Las contracciones crediticias como la que vivimos generan una reducción súbita del tamaño de muchos mercados, pero el proteccionismo los cierra directamente. Crisis sobre crisis y, lo que es peor, prolongación del estancamiento a través de la eliminación de innumerables oportunidades de negocio.

Los delirios proteccionistas fueron uno de los principales culpables de la Gran Depresión, esperemos que no se repitan ahora.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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