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Otra ventana rota

Si algunos economistas creen que la destrucción es positiva y genera prosperidad, que empiecen quemando su propia casa.

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Con las catástrofes siempre reaparecen los economistas catastróficos. Cuando aún estamos contemplando la devastación en Nueva Orleáns causada por el huracán Katrina, los economistas estatatistas y funestos no han perdido el tiempo en augurar una renovada prosperidad tras la tormenta. Así, por ejemplo, el International Herald Tribune escribe: “Los economistas señalan que aunque Katrina ha destruido una gran cantidad de riqueza acumulado, probablemente tendrá un efecto positivo en el crecimiento durante los próximos meses tal y como los recursos se canalicen hacia la reconstrucción”.

Ya ocurrió con el tsunami. La destrucción, a la postre, no es mala, porque consigue “reactivar” la economía. Podemos aprender una curiosa lección de todo ello: cuando la economía esté en decadencia, sólo será necesaria incentivar el vandalismo, el terrorismo, la muerte y la destrucción. Al final todos tendremos que volver a trabajar y el “motor” de la economía seguirá carburando.

Además, la completa destrucción de una ciudad ofrece una nueva y genial oportunidad para que el gobierno planifique y diseñe racionalmente la urbe, expandiendo su poder. Ya lo decía Descartes, padre del constructivismo, en su Discurso del Método: “Esas viejas ciudades, que no fueron al principio sino aldeas, y que, con el transcurso del tiempo han llegado a ser grandes urbes, están, por lo común, muy mal trazadas y acompasadas, si las comparamos con esas otras plazas regulares que un ingeniero diseña, según su fantasía, en una llanura”.

Puede resultar embarazoso para un político arrasar una ciudad con el objetivo de planificarla desde cero, pero las grandes catástrofes les ahorran el trabajo “sucio”. La explanada resultante servirá para incrementar el gasto público y construir una nueva Sión. Todos salen ganando: los delincuentes saquean pero enriquecen y los políticos aumentan su poder y dirigismo, pero salvaguardan nuestra libertad y nuestro bienestar.

John Maynard Keynes, a quien muchos consideran el mejor economista del s. XX, escribió en 1940 que la única manera por la que EEUU podía abandonar la Gran Depresión era a través de la Guerra Mundial: “Es imposible, en mi opinión, para una democracia capitalista movilizar todo el enorme gasto necesario que demostraría la validez de mi teoría –exceptuando en condiciones de guerra”. La guerra es el bálsamo que toda economía necesita.

Tras oír semejantes argumentos, uno sólo puede lamentar que los desastres naturales no sean más frecuentes. ¿Qué habremos hecho los españoles para no ser bendecidos por un tsunami o un huracán? Parece ser que sólo en estas situaciones los grandes estadistas como Rodríguez consiguen demostrar su temple y valía.

En realidad, no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que algún punto de nuestra explicación tiene que fallar forzosamente. Si nadie quiere padecer un huracán, ¿por qué cuando todos lo padecemos se convierte en un fenómeno positivo? El gran economista Fredreric Bastiat calificó este argumento como la “falacia de la ventana rota”.

Si un gamberro rompe la ventana de un carnicero, el carnicero tiene que comprar una nueva ventana al cristalero. En otras palabras, si el gamberro no hubiera roto la ventana, el cristalero hubiera vendido una ventana menos. Hasta aquí todo parece indicar que el gamberro ha actuado correctamente; se ha creado más riqueza. Sin embargo, los efectos que no somos capaces de ver son que el carnicero no llegará a comprar al sastre el vestido que quería, pues ese dinero se lo ha gastado en el cristalero. El resultado final, pues, es que la economía sigue con los mismos cristales que antes pero con un traje menos. En otras palabras, la destrucción empobrece.

Ni Nueva Orleans está padeciendo un “regalo de los dioses”, ni los políticos, cuando empiecen a gastar el dinero del contribuyente en la reconstrucción cartesiana, estarán “movilizando recursos ociosos”. En realidad, muchos proyectos dejarán de emprenderse como consecuencia de sus gastos.

Una cosa es que Nueva Orleans vuelva a ser una ciudad rica a largo plazo –pues ésta es la consecuencia de toda sociedad capitalista– y otra cosa, muy distinta, es que sea rica gracias a la destrucción. Si algunos economistas creen que la destrucción es positiva y genera prosperidad, que empiecen quemando su propia casa. Es más, que la quemen tantas veces como la reconstruyan. Veremos cuánto tiempo les dura su riqueza.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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