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Juan Ramón Rallo

Primero nos toman el pelo y luego la cartera

Para recaudar tiene que haber bases imponibles y si esas bases imponibles desaparecen, eso no significa que los tipos impositivos sean bajos, sino sólo que estamos destruyendo mucha riqueza; tal vez, entre otros motivos, porque los impuestos son muy altos

Juan Ramón Rallo
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Que en un momento de depresión económica como pocos ha conocido este país, el Gobierno sostenga que pagamos pocos impuestos porque la presión fiscal "sólo" se sitúe en el 33% del PIB (léase, el Estado nos arrebata directamente cada año un tercio de toda nuestra renta... regulaciones no incluidas) debería de darnos una imagen de con quién nos jugamos los cuartos.

Ahí los tenemos, menesterosos ellos, acusándonos de avariciosos por osar retener un poco más de la mitad de la exigua riqueza que sus intervenciones, injerencias, dirigismo, amiguismos y corruptelas varias nos permiten crear. Blanco, Rubalcaba, Salgado y Zapatero, esos que el año pasado se fundieron alrededor de 100.000 millones más de lo presupuestado, nos piden que arrimemos el hombro, aunque en realidad se refieren a que saquemos la cartera para que puedan proceder a desvalijarla.

Pues sí, parece que darles el 33% de nuestra renta a unos señores cuyo más reseñable logro es hacernos la vida imposible se les antoja poco. Así, nos vociferan que somos unos privilegiados por vivir en España, ignoto paraíso fiscal a nivel internacional en el que nadie había recaído hasta que la PSOE advirtió de su existencia. Nos insisten en que el coste de la modernidad pasa por que aceptemos resignados una mayor "socialización" de nuestras rentas, pues por lo visto a estos probos gestores el Plan E se les quedó pequeño. ¡Qué oportunidades habremos dejado escapar como "país" por nuestro individualista vicio del puño cerrado! Suerte que ahí están Salgado y Zapatero para acercarnos a los estándares europeos de extorsión tributaria; porque lo que se lleva es eso, si los otros son ciegos y nosotros sólo tuertos, será que conviene arrancarnos el ojo que nos queda.

Pero, ay no, va a ser que Uropa no es tan ista ista socialista como nos contaban. Tampoco es que sea, ni mucho menos, un paraíso de libertad, pero algún muerto en el armario tenía que haber cuando, si bien los españoles apenas ganamos para satisfacer el voraz apetito de Hacienda, los publicanos nos insistían en que todos nuestros vecinos pagaban en torno a un 50% más de tributos.

Y ahí está: como ha puesto de manifiesto un estudio del Instituto Juan de Mariana, dirigido por el colaborador de Libertad Digital Ángel Martín Oro, la presión fiscal es un indicador no ya defectuoso sino perverso de medir cuántos impuestos paga un país. Les pondré un ejemplo muy sencillo: imaginen que el Impuesto de Sociedades se sitúa en España en el 100%, confiscación entera de los beneficios empresariales sin deducción alguna. ¿Diríamos en tal caso que nuestras empresas pagan pocos impuestos? Apuesto a que algún socialista en el Gobierno seguiría opinando que sí, pero incluso los más obtusos coincidirían en que son unos impuestos elevadísimos que desincentivan la generación de riqueza. Pues bien, en ese escenario de expolio absoluto, si la actividad económica se desmoronara tanto como para que ninguna empresa obtuviera beneficios durante un ejercicio, ¿saben cuál sería la presión fiscal de las empresas? El 0%. Vamos, que bien podría salir un Blanco cualquiera a vendernos la burra de que las empresas españolas disfrutan de los impuestos más reducidos de todo el planeta. ¿Ven por qué es perverso? Los gobiernos que más contribuyen a empobrecer un país son los que, con los datos de presión fiscal en sus manazas, más pueden legitimar sus depresoras subidas de impuestos. No querías caldo, pues dos tazas.

Pero, como debería ser elemental para cualquiera, para recaudar impuestos tiene que haber bases imponibles y si esas bases imponibles desaparecen, eso no significa que los tipos impositivos sean bajos, sino sólo que estamos destruyendo mucha riqueza; tal vez, entre otros motivos, porque los tipos impositivos son muy altos.

Dicho de otro modo, si el Gobierno aprovechó los ingresos tributarios artificiales derivados de la burbuja inmobiliaria para sufragar sus bacanales y orgías de despilfarro, es normal que ahora, una vez esa burbuja ha pinchado, la recaudación se haya desplomado mucho más de lo que lo han hecho unos gastos que él, cual codicioso y miope especulador, se encargó de inflar durante los años de ficticia bonanza. Lo que no es tan normal, y mucho menos decoroso, es que su imprevisión y prodigalidad las acabemos pagando los españoles: no, señores socialistas, por mucho que les agrade ese dinero ajenos que no es de nadie, no nos pidan que corramos con los gastos de una juerga suya que nunca termina.

Apriétense, de una vez y de verdad, el cinturón. Estrénense en leer algo que esté relacionado con la realidad económica y entérense de que el esfuerzo fiscal de los españoles, el indicador que más aproximadamente mide el quebranto y el coste que nos supone pagarles sus impuestos, es de los más altos de Europa. ¿Qué buscan exactamente? ¿Quitarnos incluso el dinero que sus omnipresentes regulaciones no nos dan ocasión ni de crear? Por si todavía quedaba algún desorientado, el to’ pal pueblo cada vez se destapa como un más claro y desacomplejado to’ pamí. ¿Los impuestos más bajos de Europa? Será de la antigua Europa del Este.

Juan Ramón Rallo es doctor en Economía y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y en los centros de estudios OMMA e Isead. Es director del Instituto Juan de Mariana.

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