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Año Nuevo

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El viento enredaba los faldones de los abrigos y volteaba los paraguas y los torbellinos de nieve cegaban a los escasos transeúntes que se atrevían a salir durante aquella noche terrible. Él caminaba a solas, encorvado, sin aliento, mirando desesperadamente a un lado y otro. Nadie parecía notar la presencia de aquel anciano feble que intentaba abrirse paso entre la ventisca. Casi no había coches y las luces del tráfico parpadeaban como los faros en alta mar. Por ellos se guió y cruzó la avenida. Faltaba poco para llegar. Exactamente diez minutos para la medianoche.

¿Y luego qué? No vería otro amanecer. No presenciaría nunca más el doloroso asombro de la naturaleza. Adiós a la untuosidad del verano, a la desolación del invierno, a la policromía del otoño, al escándalo de la primavera. Ningún ser vivo le volvería a sorprender con su crueldad o su belleza. Jamás volvería a sentir dolor y luego el placentero alivio. No, él no quería abandonar aquel tiempo, no quería salir de aquel momento, quería seguir contando los minutos, cumplir eternamente su misión de relojero del mundo.

Sin embargo, avanzaba. Cinco minutos, cuatro. Ya llegaba al lugar de la cita, tres minutos tan sólo; ya subía la escalera de la torre. Dos minutos; ya veía las cuerdas, las campanas. Un minuto, uno solo, para gozar aún de ese momento, por cada segundo, un nudo en la garganta, por cada fracción, un sollozo. El último segundo y ya, con cruel precisión, pasó la antorcha que le mantenía en vida al asustado y vigoroso Año Nuevo.

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