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Ayesta, o el mar de la infancia

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Julián Ayesta (Gijón 1919-Madrid 1996) fue diplomático de carrera. Su obra literaria se limita a varias obras de teatro y a este único texto narrativo, que se publicó en 1952 en "Insula". Antes de esta edición, que por fin ha consagrado la obra, conoció algunos rescates frustrados, el primero por parte de Seix Barral en 1974, en su "mítica" colección "Biblioteca Breve". Llegados a este punto, una se pregunta qué clase de ceguera impidió a los críticos de la época –con la excepción de algunos lectores entusiastas– percibir la belleza y la eficacia narrativas, casi perfectas, de este breve pero inconmensurable relato del que apenas hay mención en las historias y manuales de literatura.

Sin duda, no era eso lo que se esperaba de los novelistas de posguerra que, o bien glosaban ampulosas gestas, o bien tenían que demostrar inquietudes sociales con fines tan propagandísticos los unos como los otros. Por supuesto que se apreciaba y aplaudía la exquisitez literaria, siempre que viniera del extranjero, pero lo que se jaleaba y promocionaba en el interior, con la loable pero inútil intención de “cargarse el régimen”, eran aquellos novelistas bodrios, cuyos nombres y títulos no creo necesario recordar. Muchos talentos se estancaron o pasaron desapercibidos, incapaces de progresar en aquel lodazal ideológico.

Gran desconcierto debió de producir esta novela de Julián Ayesta, que por su lirismo y por su temática se inscribe en la línea de libros como La vida nueva de Pedrito Andía de Rafael Sánchez Mazas (otro gran escritor infravalorado), Desde el amanecer de Rosa Chacel o, ya en un plano más universal, Habla, memoria de Vladimir Nabokov e incluso Por el camino de Swan de En busca del tiempo perdido de Proust.

Julián Ayesta ha necesitado apenas 100 páginas para plasmar la felicidad, la inquietud y la perplejidad de la infancia y de la adolescencia, dándoles una estructura formal que las reintegra, íntegras y punzantes, no sólo a quien las evoca –en este caso el autor– sino al lector quien, sin haber vivido directamente lo ahí narrado, siente perfectamente definidas y aprehendidas sensaciones y experiencias gozosa o dolorosamente similares. A este milagro se le llama literatura.

Julián Ayesta, Helena o el mar del verano, El Acantilado, Barcelona, 2000.

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