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Donde habitan los monstruos

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Nicholas Mosley nació en Londres en 1923. Era hijo de sir Oswald Mosley, fundador en los años 30 del partido fascista inglés y a quien Orwell dedicó numerosas y justificadas invectivas en sus artículos de prensa. Nicholas no sólo no salió a su padre sino que acabó rompiendo con él. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en la que combatió, Mosley empezó su carrera literaria que cultivó con asiduidad, hasta el punto de que en la actualidad es autor de una docena de novelas, dos biografías (una de ellas de su propio padre), un libro de viajes y otro sobre religión.

Monstruos de buenas esperanzas es una novela muy ambiciosa, y esto por dos razones. Primero porque pretende novelar los acontecimientos históricos más importantes de la primera mitad del siglo XX, sin olvidar prácticamente ninguno. Segundo, porque también intenta explicar dichos acontecimientos desde un punto de vista filosófico, en particular, desde un punto de vista estético. Mosley parte de la idea de que la ficción es la manera más eficaz de conseguirlo.

Sin duda, él no es el único que lo ha intentado; en la historia de la literatura hay incluso algunas grandes obras que lo han conseguido. Citaré, por ejemplo, La montaña mágica de Thomas Mann, o Guerra y paz de Tolstoi, que son las que me ha sugerido la lectura de esta novela, lo cual es decir bastante a su favor. Supongo que el autor no estaría de acuerdo, ya que le leí en una entrevista que los autores de los que “se reclamaba” eran Faulkner, Proust y James, cosa que yo no he notado en absoluto.

Lo que es evidente es el importante papel que tienen en esta novela las principales teorías filosóficas y científicas de la época de referencia. Mosley no se limita a utilizarlas, sino que introduce en la novela, como personajes con entidad propia, a los fundadores de las mismas y los hace responsables de las actitudes y los compromisos existenciales de sus protagonistas, una pareja en torno a cuya historia de amor se articula toda la novela.

La chica vive en Berlín y es hija de una judía alemana, militante del partido comunista y amiga personal de Rosa Luxemburgo (que aparece en la novela en un par de ocasiones); su padre es un científico alemán, profesor de Universidad que la pone al corriente de todas las teorías científicas del momento, en particular de Einstein a quien admira y a quien la niña llega a ver en persona en una conferencia. Es fácil imaginar cuál será el destino de los dos durante la Segunda Guerra Mundial.

El chico es un joven inglés que vive en Cambridge, donde su padre es profesor de ciencias y la madre una psicoanalista ortodoxa. También está rodeado de talentos. Wittgenstein, por ejemplo, que enseña por esas fechas en Cambridge y que aparece también en la novela, perorando en una fiesta. Ambos jóvenes se conocen en un festival de ópera en Alemania donde tienen la oportunidad de encontrarse con Heidegger. A lo largo de toda su vida los dos asisten, juntos o por separado, a las grandes revoluciones del siglo XX y con el tiempo acaban siendo protagonistas de algunas de ellas. Siempre están en el momento adecuado, entre las personas adecuadas. Tras una serie de encuentros y desencuentros, acaban reuniéndose en España, durante la guerra civil. A partir de ahí, sus vidas se unirán pero seguirán manteniendo una actitud de gran independencia el uno frente al otro.

A pesar de que el resultado es muy satisfactorio y el argumento narrativo está magníficamente tramado y tiene la suficiente calidad como para mantener la atención a lo largo de tantas páginas, al libro le sobran unas doscientas para haber cumplido su misión de “novela testimonio”. Sin esas páginas de más, que sólo son una concesión a la post modernidad (la novela se publicó en 1990), la obra habría quedado redonda.


Nicholas Mosley, Monstruos de buenas esperanzas, traducción de Celia Montolío, Siruela, Madrid, 2000, 602 páginas.

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