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El enemigo en casa

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La concentración de ayer en la Puerta del Sol ha sido una vergüenza. No sólo por la tibieza de las palabras oficiales de repulsa, sino por la escasa aunque mayoritariamente hostil respuesta popular: No sé cuántas personas estábamos allí concentradas, pero se podía circular perfectamente y había más gente en las calles comerciales aledañas que en la propia plaza y, lo que es peor, la mayoría no fue a solidarizarse con las víctimas, ni a llorarlas, sino a expresar su odio por las mismas y por el país que ha sufrido la primera agresión bélica de envergadura, realizada por ejército organizado de terroristas al servicio de ciertos regímenes de determinados países a los que no pueden servir a cara descubierta por razones obvias. Un ejército que lleva operando muchos años, para empezar en sus propios territorios y contra su propia gente, porque no hay que olvidar las miles de víctimas musulmanas de Argelia, Sudán, Egipto, Irán, Afganistán, Líbano y pare usted de contar.

Los kamikazes españoles que ayer enarbolaban banderitas supuestamente de paz, algunos por la barbarie de la ignorancia y muchos a sabiendas y por pura maldad, están firmemente convencidos de que el verdadero culpable de todos esos atentados –incluidos los de las torres gemelas– es el presidente Bush, del mismo modo que están convencidos de que es el gobierno español, con su resistencia al “diálogo”, el culpable de que ETA siga matando. Lo más indignante es que los que estábamos allí de buena fe hicimos el caldo gordo, con nuestra sola presencia, a esa gentuza que si no eran mayoría al menos se hacían más visibles por la perfecta organización de sus huestes que repartían carteles pacifistas como los perversos reparten caramelos en un parvulario; carteles que expresaban su repulsa a todo, menos a los atentados del martes 11, que se condolían de la posible guerra, pero no de los miles de muertos americanos, que hablaban de víctimas, pero no de las que habíamos ido a llorar.

Mentiría si dijera que todos se dejaron engañar: muchos protestaron por la presencia de esos talibanes con piel de oveja que predicaban la paz mundial, pero, como siempre ocurre en estos casos, ellos gritaban más fuerte. Unos pocos americanos miraban desolados a su alrededor; algunos se marcharon no sin haber preguntado si la manifestación era a favor o en contra y una joven pareja, de origen hispano, ocultaba atemorizada y al borde de las lágrimas, un cartel que rezaba más o menos así: “España llora a las víctimas del pueblo americano ”. ¿España? Lo dudo.

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