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El mundo alucinante de Reinaldo Arenas

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El escritor cubano Reinaldo Arenas se suicidó el 7 de diciembre de 1990 en Nueva York a los 47 años de edad, en fase terminal de SIDA. A lo largo de su breve existencia llegó a escribir, muchas veces en condiciones infrahumanas –como se podrá comprobar en este libro–, una decena de novelas, varios libros de cuentos y de poemas e incluso algún ensayo político; amén de Antes que anochezca, esta autobiografía que al ser llevada ahora al cine se ha colocado en el ojo del huracán, por obra y gracia del posible Oscar a su protagonista, Javier Bardem.

Este libro se publicó en 1992 y fuimos muy pocos los críticos que acusamos recibo. Sin duda, las cosas cambiarán ahora, pues muchas veces el cine catapulta a un autor o a un libro por razones totalmente extraliterarias. Desde luego, era necesario que se produjera un hecho milagroso para que en un país como el nuestro, tan reacio a comprender el drama cubano, se prestara atención al testimonio de uno de los más feroces y temerarios anticastristas que ha dado el exilio cubano. Si esto fuera así, y el mensaje llega a disolver la espesa capa de empecinada complacencia con un régimen capaz de tamañas abominaciones, el esfuerzo de Bardem y, por supuesto, del director de la película, habrá valido la pena, sea cual fuere la calidad fílmica de la misma.

La lectura de este libro no es cómoda. Arenas ofrece una imagen de sí mismo poco halagüeña, incluso patética, que puede restar credibilidad a muchos de sus terribles padecimientos. Hay momentos en que la reiteración de ciertos temas, en particular los que se refieren a su homosexualidad, raya en la obsesión y se tiene la impresión de que esa vertiginosa y peligrosa actitud, más que a una desbordante vitalidad, obedece en realidad al impulso autodestructivo con el que sin duda fue consecuente.

Arenas, que era de origen campesino y culturalmente autodidacto, pinta a sus compatriotas según los ve, sin despreciarlos ni mitificarlos; unas personas contradictorias, arbitrarias, desaforadas y asustadas, dispuestas a cualquier vileza para sobrevivir y, al mismo tiempo, con un asombroso sentido artístico. Prostitutas que pintan cuadros bellísimos, jóvenes semianalfabetos que escriben poemas y novelas interminables, en medio de las condiciones más hostiles que se puedan imaginar, como si esa afortunada capacidad adjetivadora, esa predisposición a la metáfora, fuera otro fruto más de esa tierra extraña e inexplicable.

Poseedor también de una increíble capacidad narrativa, de un entusiasmo y una vitalidad rayanas en la temeridad, Arenas fue el enfant terrible del anticastrismo. Cuando en 1980 escapó con los demás exiliados del Mariel, Miami le pareció “la caricatura de Cuba” e hizo unas declaraciones que no le granjearon la simpatía de sus compañeros de fatigas: “Si Cuba es el infierno, Miami es el purgatorio”. Por eso se refugió en el anonimato salvaje y asfaltado de Nueva York. Mientras vivió, Arenas resultó incómodo para todos. No siempre comprendido y a veces incomprensible, tal vez en estas páginas atropelladas y dramáticas encontremos la clave de esa fuerza que le llevó a escribir y reescribir, en condiciones penosas y peligrosas, novelas que contenían toda la paranoia de aquel mundo alucinante.

La evocación de los ambientes literarios a los que Arenas accedió gracias a su talento natural, recuerda –calor y orgías aparte– a los de tantos escritores soviéticos, obligados a arrastrar su don por la más plana y aberrante oficialidad. Encontramos a Heberto Padilla, convertido en un pelele; a Lezama Lima, despreciado y privado de todo respeto; a Virgilio Piñera, reducido a la condición de no persona, y a mucha gente humilde –no precisamente intelectuales– muerta de hambre y humillada, cuya vida se limita a una interminable lucha por la supervivencia, mientras que los “tontos útiles” y los desaprensivos celebran los “logros” de la revolución en una isla convertida para los turistas en una verdadera “aldea Potemkim”.

Unas palabras sobre el título. Mucha gente cree que se trata de una mala traducción de Before night falls, que es como se llama originalmente la película. Pues se equivocan; así es como lo escribió Reinaldo Arenas por la sencilla razón de que es así como se dice en Cuba y en muchos otros países latinoamericanos. Gramaticalmente no es incorrecto y coexiste con el “antes de que” español. Es más, según la mismísima María Moliner, no hay que negar la legitimidad a ninguna de las dos formas. Creo que este argumento de autoridad es suficiente para zanjar la polémica.


Reinaldo Arenas, Antes que anochezca. Autobiografía, Tusquets, 7ª edición, Barcelona 2001, 342 páginas.

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