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El premio Cervantes

Ferlosio, a pesar de sus numerosas peculiaridades, ha sido aceptado como si de un santo laico se tratara

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Otro año más me veo en la tesitura de contarles cómo se ha desarrollado la ceremonia de entrega del premio Cervantes de Literatura. He tenido además el privilegio de seguirla desde la tribuna de prensa, lo cual me ha ofrecido una perspectiva totalmente distinta del acto; no es lo mismo asistir a sus diferentes etapas como un vulgar invitado, rígidamente sentado en tu banco, con el campo visual limitado a la nuca de los de delante y guardando la compostura debida, que observar al conjunto de los asistentes desde todos los ángulos, moviéndote a voluntad por todo el perímetro superior del edificio. Este es, como saben perfectamente, el Paraninfo de la Universidad de Alcalá, donde este sábado el Rey entregaba el premio más prestigioso de las letras españolas a uno de los premiados más originales y sin embargo menos controvertidos de su historia, el escritor Rafael Sánchez Ferlosio.
 
En efecto, todos recordarán las polémicas que casi todos los años solían despertar los fallos del jurado, en particular en el caso de Cela, Jorge Edwards, Cabrera Infante, Umbral, Álvaro Mutis o José Jiménez Lozano, por citar a los que suscitaron más revuelos por motivos totalmente extra literarios. Curiosamente, Ferlosio, a pesar de sus numerosas peculiaridades, ha sido aceptado como si de un santo laico se tratara. Pero es que, mediáticamente hablando, las etapas socialistas producen reacciones unánimes.
 
Este año los actos en torno al premio han conocido algunas modificaciones. Por ejemplo, se ha sustituido la multitudinaria recepción vespertina en el Palacio Real por una comida “íntima” de cien invitados. Lo cierto es que la citada fiesta se había convertido en una edición aumentada, pero no corregida, de la ceremonia académica, con el consiguiente tedio de los asistentes que acababan de saludarse por la mañana. Si a eso añadimos la contraprogramación catalana que desde hace unos años ha instituido una recepción paralela a los escritores, el mismo día y a la misma hora, entenderán que la fiesta del Palacio Real se estaba quedando prácticamente sin clientela. Otra concesión a los nuevos amos.
 
La de este sábado por la mañana ha sido una ceremonia rutinaria, sin especial relieve, en la que se podían percibir algunos claros en los bancos de los invitados, tal vez debidos a la ausencia de muchos de los habituales, que sin duda estaban cumpliendo con la patria y con la fiesta del libro, en Barcelona. El caso es que el público estaba formado principalmente por muy pocos académicos, algunos funcionarios, unos pocos editores (madrileños) y unos cuantos escritores que además formaban parte del Jurado, así como por familiares y amigos del premiado. Entre estos últimos mencionaré a Javier Pradera, Natalia Rodríguez Salmones, Miguel Ángel Aguilar, Eugenio Gallego, Rogelio Rubio, Natacha Seseña y la presencia estelar de la gran Carmen Balcells, agente literaria del escritor, más impresionante que nunca, sentada en una silla de ruedas, colosal, perfecta. Ella, junto a Rafael Conte, y a falta de Juan Benet y de Agustín García Calvo, eran los elocuentes testigos de la época que le tocó protagonizar a Ferlosio.
 
En cuanto a los discursos poco diré excepto que el de Rafael, titulado “Carácter y destino”, fue largo y especioso, con el agravante añadido de que su voz resultaba algo apagada. Más audible fue el de la ministra Calvo, que al estar previamente escrito careció de la frescura y pintoresquismo de sus ya famosas meteduras de pata. El del Rey, breve y esperable. En la tribuna de honor estaban también el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre; todos departieron después con los invitados y con la prensa en los jardines donde se sirvió un estupendo cóctel. Mientras los Reyes estaban visitando en privado la exposición dedicada a la obra del premiado y la estudiantina, más recatada que en otras ocasiones, se disponía a despedir a los Reyes y a las autoridades con su original repertorio, poniendo broche final a la ceremonia, una amiga mía (reputada profesora universitaria) y yo aprovechamos para marcharnos, encontrándonos de bruces con una multitud expectante que, al vernos, no pudo ocultar su decepción, de forma que pudimos oír muy claramente cómo una señora le decía a la otra: “A estas no las podemos aplaudir porque no sabemos quienes son”. Así, y no de otro modo, son las cosas.

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