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En pos de Proust

En 1919, Marcel Proust recibía, no sin controversia y necias acusaciones de pertenecer a la extrema derecha, el Premio Goncourt por la segunda entrega –que no parte- de esa Enciclopedia de la vida cotidiana a cuya impaciente elaboración había dedicado su vida. En un momento históricamente muy delicado (acababa de terminar la Primera Guerra Mundial) Proust tuvo que luchar contra su fama de mundano y de mariposón, como lo calificó André Gide en una entrevista en la que justificaba su histórico rechazo de la obra proustiana para la editorial Gallimard. Al cabo, y gracias a la repercusión que tuvo su obra fuera de Francia, acabó siendo reconocido su talento.

Lo cierto es que este libro fue el último de cuya edición se ocuparía personalmente, porque murió poco después, a los 51 años, sin ver publicada su obra, que ya tenía terminada hacía bastante tiempo. Más de tres mil páginas en las que está plasmado todo un universo de formas, palabras, sensaciones que, aunque situadas en una época concreta, son perfectamente transferibles a cualquier otra y que funcionan al socaire de la memoria y a golpe de evocación según una estructura casi operística; de hecho la metáfora musical es constante en toda la obra, así como la arquitectónica.

Si en la primera entrega, titulada en esta versión Por la parte de Swann, Proust nos introduce en su mundo a través de las primeras desilusiones infantiles del Narrador, en ésta los protagonistas son el amor y sus secuelas (los celos y el olvido), íntimamente vinculados al despertar de su sensibilidad artística, al tiempo que, gracias a sus increíbles dotes de observación y a lo que Nabokov llamaba “su generosidad verbal”, levanta un complejo entramado social que nada tiene que envidiar (más bien sería lo contrario) al que configuró Balzac. En A la sombra de las muchachas en flor no sólo encontramos el jovial mundo de la juventud en vacaciones, también está, con su cortejo de luces y sombras, el contrapunto de la vejez desatendida, del resentimiento social y de la lucha de clases. En fin, toda una historia de las mentalidades.

La traducción de Carlos Manzano es irreprochable. Supera, por supuesto a las anteriores de Salinas y Quiroga, pródigas en inexactitudes, y también --introducciones y léxicos aparte-- a las que se están publicando en este momento en otras editoriales.

Marcel Proust, A la sombra de las muchachas en flor (En busca del tiempo perdido, II), traducción de Carlos Manzano, Lumen, Barcelona, 2001, 560 páginas.