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La feria de las vanidades

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La segunda parte de los actos protocolarios de entrega del premio Cervantes consiste en la fiesta anual que los Reyes de España ofrecen a la gente del libro para homenajear al premiado. Esta fiesta, que se realiza en el Palacio Real, uno de los más bellos de Europa, es el brillante colofón al acto de entrega, propiamente dicho, del premio, que tiene lugar en la Universidad de Alcalá de Henares.

Como este año no he tenido el honor de ser invitada al mismo no puedo referir nada de primera mano, pero un testigo presencial me contó que los académicos brillaban por su ausencia. Sabemos muy bien cómo se las gastan estos señores, por tanto hay que suponer que eso significa algo. Tratándose de Francisco Umbral, dejo al agudo lector que lo adivine.

La fiesta palaciega era este año algo más restringida que en ediciones anteriores. Eso contribuyó a facilitar mi labor de cronista porque pude desplazarme por el magnífico salón sin dar codazos. Quizás porque se celebraba además el vigesimoquinto aniversario de la creación del premio Cervantes tuvimos la ocasión de ser recibidos por la familia real en pleno, yernos incluidos, que nos apabullaron con su -nunca mejor dicho- regia estatura. También estaban, por supuesto como invitados, el presidente del gobierno y su esposa.

Entre el público, eché en falta a personajes que se habían convertido en verdaderos habituales de estos saraos, en particular a ciertos periodistas, escritores y editores. Pero como estoy acostumbrada a estas fluctuaciones (en parte ideológicas, en parte protocolarias) no quiero sacar conclusiones precipitadas de la razón por la cual el grupo Prisa estaba tan escasamente representado en la fiesta (sólo vi a Fernando Schwarz y quizás porque es autor de Planeta), pero lo cierto es que no había uno solo de sus editores, ni siquiera los más funambuleros del grupo, y también faltaban los autores de la cuadra Alfaguara.

Me encontré con muchas caras amigas, como Amando de Miguel y César Vidal; con Tom Burns Marañón, que acaba de entrar como ejecutivo en el grupo Recoletos; con Mira Molosevic que está escribiendo un libro de memorias, o mejor dicho de experiencias. Departí con Lorenzo Díaz, a quien todos felicitaban por su nombramiento al frente de la cosa cultural de Onda Cero, con José Luis Reina Palazón (premio nacional de traducción por su versión de Paul Celan), con Luis Gil (catedrático de griego y también premio nacional de traducción), con la Ministra de Cultura y todos sus secretarios y subsecretarios y directores generales (Luis Alberto de Cuenca, Juan Manuel Bonet, Joaquín Puig de la Bellacasa, Inés Argüelles, Fernando de Lanzas, Luis Racionero, Jon Juaristi -del que algunas personas decían que estará poco tiempo al frente del Insiituto Cervates porque, ya gane Mayor Oreja, ya gane Redondo, le ofrecerán algo en el País Vasco, pero no tuve ocasión de preguntarle si lo aceptaría), con Fernando Rodríguez Lafuente, radiante con su nuevo trabajo al frente del ABC Cultural y al que todos felicitaban. Con editores como Jaume Vallcorba (Quaderns Crema), Ana Garín (Planeta), Federico Ibáñez (Castalia), Silvia Martín (Espasa Calpe), Lola Ferreira (Círculo de Lectores) y poco más, porque fue el “colectivo” menos representado.

Tampoco el de los escritores y traductores estuvo muy concurrido: Fanny Rubio, Fernando Sánchez Dragó, Eduardo Chicharro, Juan Manuel Sánchez Ron, Jesús Pardo, Isaac Montero, los poetas y traductores Álvaro García (que está colaborando ahora en la Residencia de Estudiantes), Ángel Campos Pámpano (que prepara unas completas de Fernando Pessoa para Galaxia Gutenberg) y algunos más que seguramente me dejo en el tintero.

A pesar de que en los corrillos se podían oír maldades de topo tipo, que no referiré por pudor, y de las notables ausencias a las que antes me he referido, por fortuna a nadie se le ocurrió comentar lo que oí en otra ocasión parecida: “No sé qué ha pasado este año, pero hay más camareros que personas”.

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