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La literatura, una enfermedad contagiosa

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Aunque El perro de Dostoievski es la primera novela de Luis Martínez de Mingo (Logroño, 1947), éste ya había publicado anteriormente dos libros de poemas y dos de cuentos, así como dos antologías, una de poesía, Poemas memorables y otra de relatos, Cuentos de ciclismo. Porque el ciclismo es una de las viejas pasiones del autor y también del protagonista de la novela que nos ocupa, aunque también lo es el juego y, sobre todo, la literatura.

Hay muchas cosas dentro de esta novela. Para empezar la educación sentimental y literaria de un joven que quiere escapar a la realidad asfixiante de la provincia y se refugia en el ámbito universal de la literatura. En ella encuentra su salvación y al mismo tiempo su pérdida, Álvaro, vive obsesionado y subyugado por la vida y obra de las figuras más sobresalientes y malditas de su historia (Rimbaud, Valle Inclán, Joyce, Proust, y, sobre todo, Dostoievski). Si la literatura es su patria, ellos son su verdadera familia, sus mentores, pero unos mentores a los que él es consciente de que nunca podrá imitar.

La historia está narrada en primera persona, como conviene a la literatura testimonial, pues están concebidas como unas memorias, en particular, como unas memorias del subsuelo, nunca mejor dicho, y no sólo por la alusión directa a la obra de Dostoievski así titulada; sino porque Álvaro, que es incapaz de dar rienda suelta a una obra propia ni de llevar nada a cabo satisfactoriamente, acaba de mendigo ilustrado, durmiendo en el metro, convertido, no ya en Dostoievski, sino el perro de Dostoievski.

Desde el principio, hasta que se produce este peculiar descenso a los infiernos, pasan por supuesto muchas cosas que dan al autor pie para desplegar su gran conocimiento de la infrahistoria de la literatura, lo que, por cierto, convierte a este libro en un instrumento bibliográfico de primer orden.

Pero no sólo hay metaliteratura en esta novela, hay también una historia original, bien estructurada, que se desarrolla al compás de tanta erudición con entidad literaria propia y gran eficacia narrativa. Y hay una crítica mordaz a la trivialización actual de la cultura y una pregunta que cualquier creador del siglo XXI puede legítimamente plantearse: ¿para qué escribir después de, pongamos, Dostoievski? Pues, por ejemplo, –y ahora más que nunca– para no olvidarle pero, sobre todo, porque la literatura es una enfermedad contagiosa.


Luis Martínez de Mingo, El perro de Dostoievski, Muchnik Editores, Barcelona, 2001, 202 páginas.

Más libros en: El Semanal de Libertad Digital

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