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Libro del día 9

La voz de la pradera

Willa Cather (1843-1947) es una novelista norteamericana de corte tradicional que tuvo que competir con escritores más innovadores como Scott Fitzgerald, Dos Passos, Hemingway y el resto de la “generación perdida” y que, sin embargo, ha sabido despertar la admiración de escritores muy poco tradicionales, como Truman Capote. En los años cincuenta, la editorial Caralt publicó una serie de traducciones de dudosa calidad, pero en la actualidad varias editoriales están publicando algunas de sus mejores novelas y así en Cátedra se puede encontrar La muerte llama al arzobispo, y en Alba Los pioneros (su primera novela), Mi enemigo mortal y Mi Antonia.

Ahora, la editorial Pre-Textos nos presenta su segunda novela, El canto de la alondra, en la que nos narra la vida de una cantante de ópera (inspirada en la vida de la cantante Olive Fremstad –1868-1951–), nacida y criada en un pueblo ferroviario del Oeste americano. En este ambiente de la frontera, tan inhóspito como exultante, Thea Kronbrog, una joven de origen sueco, tozuda e inspirada, decide llevar adelante su plan de transformarse, no ya en una artista de renombre sino en el arte mismo. Lo consigue y se convierte en una estrella del Metropolitan Opera House de Nueva York.

A pesar de la evidente rudeza del entorno en que se desarrolla la infancia de Thea, y sin pretender subestimar el canto al esfuerzo y a la superación individuales –virtudes típicamente americanas– que caracteriza a esta novela, hay que tener en cuenta un dato muy significativo para comprender dicha transformación: el importantísimo papel que han tenido las iglesias reformadas en la formación musical del pueblo americano. Precisamente Thea descubre su vocación musical al amparo de la rivalidad entre los coros y los organistas presbiterianos y metodistas de su pueblo, así como en la convivencia con diferentes culturas de marcada tradición musical (emigrantes centroeuropeos, principalmente alemanes, y trabajadores mexicanos) que confluyen en la abigarrada frontera.

Hay que destacar también el aliento épico de la obra, que se corresponde con el espíritu indomable de la época retratada y que convierte a Willa Cather, gran admiradora de Walt Whitman, en una continuadora de su obra de exaltación paroxística del paisaje americano. Sus asombrosas descripciones de los abruptos barrancos y las extensas praderas nos remiten inevitablemente a los pintores americanos que retrataron la salvaje naturaleza del Lejano Oeste y que, a través de su huella en el cine del género, tanto han contribuido a alimentar la característica iconografía de lo que consideramos lo “genuinamente americano”.


Willa Catre, El canto de la alondra, traducción de Eva Rodríguez-Halffter, prólogo de José María Marco, Pre-Textos, Valencia, 2011, 536 páginas.