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Las cartas de Marguerite Yourcenar

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El verdadero nombre de Marguerite Yourcenar era Cleenewerck de Crayencour y, para no hacer verdad eso de que la fama es un conjunto de malentendidos, reconvirtió su apellido en Yourcenar, que no es sino el anagrama de Crayencour. Belgas y franceses se disputan la gloria de tenerla entre sus inmortales, pues su padre era francés y su madre belga, pero ella optó por la nacionalidad norteamericana en 1947. Marguerite Yourcenar se había establecido en Estados Unidos en 1939, huyendo de la segunda guerra mundial, acompañada de su amiga americana, Grace Fink, a la que conoció en 1934 y de la que no se separó hasta la muerte de esta última. Grace fue su compañera en todos los sentidos del término, y realmente Marguerite delegó en ella todas las responsabilidades materiales de su vida. Una relación que en cierto modo recuerda a la de Gertrude Stein con Alice B. Toklas, las cuales, por cierto, pasaron la segunda guerra mundial en Francia.

Fue precisamente Grace Fink quien la ayudó a depurar sus archivos y a preparar esta correspondencia que Yourcenar quería póstuma pero no aleatoria, obsesionada en tener siempre el control de su obra. Esta tarea de depuración de su correspondencia se llevó a cabo entre 1980 y 1987, año de su muerte. Las cartas que se publican en este volumen son a su vez una selección de esa criba realizada por Michèle Sarde y Joseph Brami; entre ambos han elegido unas 300 cartas de las más de 2000 que examinaron en el “Fondo Yourcenar” de Harvard. Marguerite Yourcenar quería que su correspondencia se publicara bajo el título de Cartas a sus contemporáneos, pero los editores han preferido esta otra más acorde con el tono confidencial y cordial de esta correspondencia que tiene registros insospechados en esta autora, a la que vemos suelta, espontánea, aunque siempre erudita, comprometida con el mundo y disciplinada

Los destinatarios son muy variados. Hay escritores conocidos como Thomas Mann o estrellas de cine como Brigitte Bardot, a la que pide que se ocupe de utilizar su tirón mediático para proteger a las focas (y a fe que le hizo caso), pues Yourcenar fue una gran defensora de los derechos de los animales. Especialmente significativa para nosotros es la carta, fechada en 1960 y dirigida a Isabel García Lorca, de la fue huésped durante su visita a España, en la que le cuenta con serena emoción la visita, más bien peregrinaje, que Grace y ella hicieron a Víznar, donde estaba el paraje en el que se suponía enterrado a su hermano.

Decía Sándor Márai que las únicas obras honestas de los escritores son los diarios y las cartas, seguramente porque es donde mejor se retratan. En el caso de Marguerite Yourcenar esta afirmación es rigurosamente cierta. Nunca se nos ha mostrado esta autora, generalmente seria y adusta, incluso en sus famosas memorias, Los archivos del Norte, más cálida y vibrante que en estas páginas donde su obra alcanza una dimensión diferente, más universal si cabe, y desde luego, más humana.


Marguerite Yourcenar, Cartas a sus amigos. Traducción de María Fortunata Prieto Barral. Alfaguara, Madrid, 2000, 808 páginas.

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