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Un caso de servidumbre voluntaria

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María Martínez Sierra, de soltera María de la O Lejárraga, es uno de los casos más singulares y descabellados de las letras españolas de los últimos tiempos. No sólo nunca firmó sus obras con su propio nombre, sino que mantuvo una especie de sumisa actitud ante su brillante y eficaz marido. Este, Gregorio Martínez Sierra, era un prestigioso hombre de letras y uno de los mayores directores de escena de la España de la pre-guerra. Siempre en la vanguardia, Gregorio firmó una enorme cantidad de obras dramáticas, algunas de gran éxito, así como novelas, traducciones y obras de todo tipo.

Pues bien, hace ya tiempo que se sabe que quien realmente las escribió fue su mujer, María Lejárraga; la misma que en Gregorio y yo, libro escrito tras la muerte de su marido (del que llevaba separada desde 1922, cuando la dejó para irse a vivir con la actriz Catalina Bárcena), pretende sacarse la espina de la servidumbre y del anonimato voluntarios al que, al parecer gustosamente, se había sometido. Digo al parecer porque, al leer estas memorias en las que ella pretende reflejar tan sólo «las horas serenas», en realidad se ve una amargura y una necesidad de reconocimiento que rozan el resentimiento.

Ni los argumentos que utiliza María en este libro para defender su «negritud», ni los esgrimidos en el prólogo por Alda Blanco, encargada de esta edición, son convincentes. ¿En qué mente cabe, por mucho que Clarín dijera estupideces irremediables contra las literatas, que una mujer de la vanguardia, casada con un vanguardista y amiga de escritores sensibles y no menos osados, tenga que esconderse tras su marido para publicar sus obras? ¿Y Carmen de Burgos, “Colombine”? ¿Y Concha Espina? ¿Y Emilia Pardo Bazán? No fueron pocas las que, en condiciones peores, desafiaron las convenciones de ese pacato mundo rebosante de testosterona.

Esta historia resulta todavía más increíble cuando sabemos que María Lejárraga fue, además, una feminista militante y una socialista que recorrió España para encontrar soluciones al problema de la sumisión de la mujer (fue autora de un libro titulado La mujer española ante la República). Pues bien, esta extraña mujer sacrificó lo más importante de este mundo, la autoría de sus obras –que ella misma califica de “hijos del espíritu”–, en aras de una incomprensible subordinación; esta última era, sin duda, de origen amoroso y superó cualquier historia de masoquismo literario conocida hasta el momento. Es inevitable pensar en Colette, que supo liberarse tan bien de un yugo idéntico, soportado al principio por el mismo motivo.

Pero no sólo por eso Gregorio y yo resulta un libro de memorias fascinante; también es un agudo retrato de aquella época, especialmente fecunda en todos los terrenos del arte, que fueron las tres primeras décadas del siglo XX. Insuperable su evocación de los músicos y pintores a los que frecuentó y con los que trabajó íntimamente. La obra es además un interesante libro de viajes porque esa mujer emancipada viajó sola por Europa cuanto le vino en gana, mandando obras y más obras a su insaciable marido.

Y aquí vuelvo a mi primera perplejidad. ¿Por qué Juan Ramón Jiménez, Rusiñol, Falla, los hermanos Álvarez Quintero, Eduardo Marquina o José Carner, por citar tan sólo unos pocos, que según ella tanto la comprendieron, nunca mencionan en ninguno de sus escritos ni a esa mujer ni su tan estrecha colaboración literaria con casi todos ellos? Espero que alguna vez lleguemos a saberlo del todo. La clave la tienen, sin duda, los descendientes de Gregorio Martínez Sierra y de Catalina Bárcena, pues nunca, hasta ahora, se han podido leer las famosas cartas en las que la autoría de María Lejárraga queda tajantemente de manifiesto.


María Martínez Sierra, Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración. Pre-Textos, Valencia, 2000, 394 páginas.

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