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Una terrible historia real

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Hay muchas cosas que convierten la lectura de este libro en una experiencia única, devastadora, como única y devastadora es la experiencia que en él se relata. Cuando estalló la guerra, Wladyslaw Szpilman era pianista en Radio Varsovia, trabajo que recuperó después, siendo director musical de la emisora de 1945 a 1963. En la actualidad sigue viviendo en esa ciudad. Redactó estas memorias nada más terminar la guerra que él pasó enteramente en el gueto, sobreviviendo de manera terrible a uno de los peores y más salvajes hechos de la historia del siglo XX: el exterminio sistemático de los judíos.

En esta historia no hay cesura, no hay momentos de calma, de serenidad. No se nos ahorra, tampoco, ningún detalle. Todo empieza con medidas represivas económicas (bloqueo de cuentas bancarias) y vejatorias (inclinarse ante un alemán, llevar un brazalete blanco con la estrella de David azul), para seguir con la construcción del gueto y el hacinamiento de una población que, con las primeras deportaciones, empieza a hacerse menos numerosa. Luego llegan los campos de “reeducación” y la creación de un Consejo judío para colaborar en la depuración que, como dice Szpilman, convierte el asunto, en “una especie de suicidio legalizado”.

Con la caída de París y la ofensiva contra Inglaterra, las medidas anti-judías se recrudecen. A partir del 41 es el terror desatado. Empiezan las deportaciones a los campos de exterminio. Szpilman, que ha perdido ya a toda su familia, sobrevive de forma asombrosa, huyendo primero de casa en casa y luego, a raíz de los bombardeos, de ruina en ruina. En una ocasión es salvado por un oficial alemán de caer en una trampa mortal. Poco después, Varsovia, prácticamente destruida, es liberada por las tropas soviéticas.

El libro se publicó por primera vez en 1946 y como después de la guerra era imposible publicar en Polonia nada en lo que apareciera un oficial alemán bondadoso, obligaron a Szpilman a convertirlo en austriaco, que era más "políticamente correcto", pues tanto Alemania oriental como Austria fingían, por aquellos años, ser también víctimas de Hitler. Tampoco en los años 60 fue posible reeditarlo: ¿cómo se iba a admitir que hubiera ucranianos y lituanos más feroces y crueles que los propios nazis? Parece mentira, pero ha habido que esperar a 1998 para que se publicara en su integridad. El libro se complementa con otro testimonio no menos dramático: los extractos del diario de Wilm Hosenfeld, el desventurado oficial alemán que salvó la vida a Szpilman y a quien éste último no pudo, a su vez, salvar, a pesar de haberlo intentado.

Al talento musical Szpilman hay que añadir el literario. Su escritura es sobria, pero llena de matices. Las descripciones son tan revulsivas como cualquier imagen y no es de extrañar que haya fascinado a Polanski hasta el punto de querer llevarla al cine. Desde luego, no tendrá dificultades con el guión. Szpilman nos relata esos terribles acontecimientos sin pretensiones históricas de ningún tipo, con la naturalidad y la crueldad de la realidad más palmaria. La naturalidad es suya, la crueldad de los otros: de los nazis; de los judíos que colaboraron con ellos en la destrucción de su propio pueblo por lucro, o por miedo; de los lituanos y los ucranianos que se mostraron tan activos en los peores crímenes –los niños estrellados contra la pared delante de sus padres, los tiros en la nuca, los ametrallamientos aleatorios, el ensañamiento con los deportados–. El autor es el testigo por antonomasia, y con él esa palabra recupera su sentido primigenio de “mártir”.


Wladyslaw Szpilman, El pianista del gueto de Varsovia, traducción de María Teresa de los Ríos, Turpial-Amaranto, Madrid, 2000, 221 páginas.

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