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Educación liberticida

Es propio de un demócrata reconocer que la libertad de los padres para escoger la educación que quieren para sus hijos es un derecho inalienable, que no puede ser violado por sectarios intereses de oportunismo político.

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Aunque pasa desapercibido, la raíz profunda de la crisis económica está en la educación igualitaria y sin exigencia que impone nuestro sistema escolar. En España lo habitual es que se inculque en los alumnos la cultura del trabajo por cuenta ajena y el temor al riesgo que supone ser autónomo o empresario. Se alecciona a que si uno se queda sin trabajo, no se debe preocupar: habrá un subsidio suficiente, y que si éste se agota la familia o Cáritas nos socorrerá. Mientras se fomente una mentalidad de dependencia, que lleva a confiar que el Estado nos protegerá de la cuna a la tumba seremos un país en el que el futuro no dependerá de nosotros mismos.

Esta situación es un caldo de cultivo perfecto para favorecer el que un muchacho se crea con el derecho a exigir a la sociedad que le satisfaga de todo a cambio de nada, y se convierta en un parásito social. La historia del estudiante que se eterniza en unos estudios que se los pagamos los demás, que reivindica a la Administración un piso con un alquiler simbólico para vivir con la compañera de turno, y que tan solo ve a su madre cuando va al domicilio familiar a comer "a mesa puesta", dejarle la bolsa de ropa sucia y pedir dinero, suele tener el precedente de una escuela igualitaria, sin exigencia, en la que no se ha educado en la responsabilidad de ganarse la vida.

No toda la culpa de la poca iniciativa personal y empresarial que hay en España es de la escuela. Hay mucho padre insensato que mete entre ceja y ceja al hijo licenciado que es mejor ganar una oposición de administrativo, que batirse el cobre y arriesgar para ser un buen profesional liberal. En muchos casos se consigue una seguridad absoluta... la de estar frustrado toda la vida.

En general en la escuela no se aviva el ejercicio responsable de la libertad y la aspiración por trabajar en aquello que desarrolle la realización personal. Habría menos crisis si tanto la escuela como la familia educasen en el valor de la autonomía personal y en el de la fuerza de voluntad para depender de uno mismo. No se tiene en cuenta que lo que da invulnerabilidad económica personal es el saberse con el coraje de luchar por conseguir el trabajo que le va a hacer más feliz.

La libertad no se promueve en el sistema educativo, sino todo lo contrario. La escuela debiera tratar de un modo personalizado a los estudiantes para estimular sus potencialidades distintivas y que los educandos conozcan precozmente sus ventajas competitivas, para apostar por aquello en que se saben mejores. Triste ese carácter igualitarista que padece nuestro sistema de "enseñanza", que no de "educación". Una buena educación es la que sabe optimizar las capacidades latentes que cada niño y adolescente encierra.

Como los escolares no tienen la madurez suficiente para exigir que les proporcionen la enseñanza que mejor les puede desarrollar, corresponde a los padres tomar las decisiones. Los ciudadanos debemos darnos cuenta que las familias son las que tienen el derecho a elegir la escuela que quieren para sus hijos. La competencia del Estado se debiera reducir a comprobar que el alumno en ese centro adquiere los conocimientos medios que corresponden a un país europeo, para lo que debiera establecer unas evaluaciones nacionales al final de cada nivel escolar. Como el dinero que cuesta la enseñanza no es de los políticos, sino de los ciudadanos, debieran ser éstos los que reciban el correspondiente bono escolar que les permitiera elegir el sistema educativo que consideren mejor.

Si es grave que se eduque en el miedo a la libertad, es todavía más liberticida el que desde el poder se impida la libertad de educación. Expondré un ejemplo de lo ocurrido este año en Cantabria y que en breve puede pasar en otras comunidades autónomas gobernadas por el PSOE. Muchos padres de esas regiones no van a ser libres para poder elegir educación diferenciada (aquella que en las aulas no se mezclan niños y niñas) para sus hijos. La izquierda más intransigente ha organizado una cacería contra estos centros por percibir que la mayoría de ellos son de inspiración cristiana, y que al ser muy pocos son vulnerables. En breve esos colegios se quedarán sin concierto económico.

Estos incompetentes políticos desconocen que no es un dogma que un sistema sea mejor que el otro. Es cierto que los resultados académicos suelen ser mejores en los colegios de educación diferenciada por el distinto ritmo cognitivo de chicas (más avanzado) y chicos, pero el asunto no es concluyente. Que muchos de los centros con más prestigio en el mundo sean de educación diferenciada no les preocupa a estos tiranuelos. Qué pena que estos intolerantes no vean que favorecer la diversidad enriquece el talento colectivo del país. Es propio de un demócrata reconocer que la libertad de los padres para escoger la educación que quieren para sus hijos es un derecho inalienable, que no puede ser violado por sectarios intereses de oportunismo político. Estas anticuadas obsesiones debieran estar superadas en el siglo XXI porque desmerecen del moderno laborismo/socialismo que merece este país.
Julio Pomés es presidente de Civismo.

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